07/09/2026
Crónica del Tiempo: La Aparición del Niño Jesús en Santa Rosa, Uracoa.
Uracoa, verano de 1978. En las abiertas y serenas llanuras del sector Santa Rosa, la vida transcurría al ritmo pausado de la naturaleza y la fe sencilla de sus habitantes. Allí vivía una humilde familia conformada por María Manaure, conocida con cariño por todos como «María Palito», su esposo Juan Sánchez, y el pequeño José Tiburcio Parra, a quien criaban con amor y dedicación. Era una mañana de verano, cuando el sol comenzaba a bañar de luz las tierras Uracoenses, y doña María, fiel a sus costumbres, tomaba su escoba de monte para barrer el extenso patio de tierra que rodeaba su hogar, tal como lo hacía cada día.
De pronto, una brisa inesperada comenzó a agitarse con fuerza, levantando un remolino de polvo entre los caminos y la vegetación. En medio de aquel fenómeno, algo pequeño y brillante descendió lentamente hasta el suelo: era una miniatura del Niño Jesús, de apenas unos cuatro centímetros de altura, de delicada factura y porte sagrado. Doña María, sobrecogida por el asombro, soltó la escoba de sus manos y corrió a recogerla con reverencia, sintiendo en su corazón que aquello no era un suceso cualquiera, sino un signo del cielo.
La noticia corrió por el pueblo como pólvora. Los vecinos salieron de sus casas atraídos por el acontecimiento, y pronto grupos de personas de toda la comunidad y de sectores cercanos acudieron al hogar de doña María para contemplar la imagen. Llegaban con velas, flores y rezos, expresando su fe y su devoción; el lugar se convirtió en punto de encuentro de oración y recogimiento, y por largo tiempo Santa Rosa fue destino de visitas y peregrinaciones, un lugar donde lo divino parecía haberse hecho presente entre los suyos. La imagen sagrada era guardada con celo y ternura dentro de una sencilla cajita de fósforos, humilde morada para aquel tesoro espiritual que la señora custodiaba como lo más preciado de su vida.
Con el paso de los años, la vida fue transformando el paisaje humano del sector Santa Rosa. Muchas familias emigraron hacia el centro del pueblo o hacia otras regiones del país en busca de nuevos rumbos, pero la fe y el recuerdo de aquel acontecimiento permanecieron vivos. La familia de doña María Manaure —pariente del insigne pintor y artista venezolano Mateo Manaure, lo que habla de un linaje dotado de especial sensibilidad espiritual y artística— conservó por años la memoria de aquel suceso, transmitiéndola de generación en generación.
Tras el fallecimiento de doña María Palito, se envolvió el misterio sobre el destino de la pequeña imagen. Aquella cajita de fósforos que la contenía desapareció; nadie supo con certeza quién la tomó, ni hacia dónde fue, ni qué fue de ella. La reliquia física se perdió para siempre, envuelta en el silencio y el misterio propio de las cosas sagradas que el tiempo se lleva consigo. Sin embargo, lo que nunca se ha perdido es el eco de aquel día: la memoria de quienes vieron, de quienes rezaron, de quienes vivieron el prodigio. La pequeña figura del Niño Jesús ya no está entre nosotros, pero su presencia se mantiene viva en el recuerdo de un pueblo que atesora en su corazón la fe de aquel acontecimiento.
Redacción: Prof. Carlos José Medrano.