03/26/2025
Al emigrar, solemos arrastrar creencias que ejercen una fuerte influencia en nuestro subconsciente, lo que puede llevarnos al fracaso. Una de las más perjudiciales es la idea de que, mientras más poseemos, más valemos. Lamentablemente, en ciertos países y culturas, las personas a menudo son juzgadas por su forma de vestir o el vehículo que conducen, lo cual refuerza este apego a lo material. Esta necesidad de impresionar a los demás, en muchos casos, se intensifica al emigrar, afectando directamente el proceso migratorio.
El verdadero problema de estas creencias comienza cuando adquirimos deudas innecesarias, que se van acumulando con el tiempo en el nuevo país. Como resultado, esa paz mental y estabilidad que se buscaba al emigrar se vuelve cada vez más inalcanzable, afectando directamente la calidad de vida. Aquella persona que emigró en busca de una vida mejor ahora se ve obligada a trabajar largas horas en un empleo que probablemente no le aporte nada más que un salario para cumplir con esos compromisos económicos.
Existen destinos migratorios que fomentan el “tener”, mientras que otros invitan al “ser”. Algunos lugares promueven lo material y lo superficial, mientras que otros nos enseñan a disfrutar de las cosas simples y verdaderamente valiosas de la vida. Es fundamental entender desde el principio lo que se quiere lograr al emigrar, no solo a corto plazo, sino también a largo plazo.
Este proceso de cambio de vida debe ser aprovechado para evolucionar como seres humanos, abandonando la creencia de que mientras más tenemos, más valemos. La importancia que se le da a los bienes materiales y las apariencias debe quedarse en el país de origen. Solo así podremos disfrutar plenamente de lo que realmente importa y alcanzar la calidad de vida que deseamos.