24/10/2026
LA VIOLENCIA ES EL FRACASO DE LA RAZÓN
Los procesos humanos, de convivencia y legales pueden provocar frustración, indignación, impotencia y hasta desesperación.
Las decisiones pueden resultar dolorosas, incomprensibles o contrarias a nuestras expectativas.
Es parte de vivir en una sociedad donde los conflictos se someten al escrutinio de la ley y no a la voluntad individual.
Pero hay una línea que jamás debemos cruzar: ninguna frustración, por profunda que sea, justifica la violencia contra otro ser humano.
La civilización se construyó precisamente sobre un principio fundamental: sustituir la fuerza por la razón, la venganza por la justicia y los impulsos por el respeto a la dignidad humana.
Cuando alguien pretende resolver mediante la violencia aquello que no pudo obtener mediante los mecanismos del Derecho, no está defendiendo la justicia. Está atentando contra sus fundamentos.
No podemos exigir respeto a nuestros derechos mientras pisoteamos los derechos de los demás. No podemos reclamar justicia mientras recurrimos a la agresión. Y mucho menos podemos convertir nuestra frustración en una licencia para intimidar, amenazar o hacer daño.
Lo que nos distingue de los animales no es la ausencia de emociones o impulsos, sino nuestra capacidad de razonar, ejercer autocontrol y reconocer el valor de la vida ajena, incluso en medio de nuestros conflictos más intensos.
El verdadero carácter de una persona no se revela cuando todo ocurre conforme a sus deseos, sino cuando enfrenta la adversidad sin perder su humanidad.
Nosotras letradas y letrados como profesionales del Derecho, tenemos la responsabilidad de recordar que las controversias se combaten con argumentos, los errores se cuestionan mediante los recursos disponibles y las injusticias se enfrentan dentro del marco del Estado de Derecho.
La violencia no es valentía. La intimidación no es fortaleza. La agresión no es justicia.
Una sociedad que comienza a justificar la violencia por la intensidad de sus frustraciones es una sociedad que empieza a renunciar a su propia civilización.
Podemos cuestionar las instituciones, criticar sus decisiones y exigir cambios.
Lo que jamás podemos hacer es permitir que el desacuerdo se convierta en una excusa para atentar contra la integridad o la vida de otro ser humano.
Porque cuando la razón cede ante la violencia, no gana la justicia. Perdemos todos.