08/04/2026
Una vez conocí a una abogada joven —brillante, perseverante de esas que no se permiten fallar— que tenía todo bajo control… o eso creía.
Cada mañana empezaba igual: café rápido, llamadas, audiencias, clientes, presión. Era buena en lo que hacía. Ganaba casos. La respetaban. Pero había algo que no encajaba.
Un día, mientras esperaba que empezara una audiencia, vio a una señora mayor sentada en el pasillo. No era su clienta. Solo estaba ahí, con una carpeta gastada y los ojos llenos de cansancio.
La abogada, sin saber por qué, se sentó a su lado.
—¿Está esperando a su abogado? —preguntó.
La señora sonrió con cierta vergüenza. —No tengo… vine sola. No entiendo bien qué hacer, pero no quiero perder mi casa.
La abogada miró el reloj. Tenía todo programado, todo medido. Pero algo dentro de ella —algo que no estaba en su agenda— le dijo que se quedara.
Ese día llegó tarde a su audiencia.
Pero ayudó a esa señora a ordenar sus documentos, a entender su caso, a hablar con alguien dentro del juzgado. No ganó dinero. No hubo reconocimiento. Nadie aplaudió.
Sin embargo, al final del día, mientras regresaba a casa, sintió algo raro… una calma que no recordaba haber sentido en años.
Ahí entendió algo inesperado:
No era el éxito lo que la estaba cansando… era haberse olvidado por qué empezó.