13/05/2026
Lo ocurrido en la discoteca de Asia revela un problema mucho más profundo que una simple indisciplina juvenil.
Considero preocupante que algunos padres no solo toleren, sino que faciliten conductas ilegales en sus hijos menores de edad, proporcionando o permitiendo el uso de DNIs falsificados para ingresar a eventos exclusivos para adultos y consumir alcohol sin control.
En el Perú hablamos constantemente de integridad y de lucha cLo ocurrido en la discoteca de Asia revela un problema mucho más profundo que una simple indisciplina juvenil. Como abogada de familia y defensora de los derechos de la infancia, considero preocupante que algunos padres no solo toleren, sino que faciliten conductas ilegales en sus hijos menores de edad, proporcionando o permitiendo el uso de DNIs falsificados para ingresar a eventos exclusivos para adultos y consumir alcohol sin control.
En el Perú hablamos constantemente de integridad y de lucha contra la corrupción como pilares de un sistema nacional que debería construirse desde todos los espacios de la sociedad. Sin embargo, la integridad no empieza en las instituciones públicas ni únicamente en los grandes casos políticos; empieza en casa, en las decisiones cotidianas que toman los padres frente a sus hijos.
Cuando un adulto enseña que se puede falsificar un documento “porque no pasa nada”, que se puede engañar a los controles o vulnerar normas por conveniencia social, está formando ciudadanos que naturalizan la corrupción desde temprana edad. Esa es quizá una de las formas más peligrosas de corrupción: la que se normaliza en la crianza y se disfraza de permisividad o de “confianza” hacia los hijos.
La protección de la infancia exige límites claros, responsabilidad y coherencia ética. No podemos exigir un país más íntegro mientras en algunos hogares se enseña que las reglas pueden romperse si existe dinero, contactos o apariencias que lo permitan. Educar también es enseñar respeto por la ley, por la verdad y por las consecuencias de los actos.
Ser padres no significa facilitar experiencias riesgosas para “encajar” socialmente, sino tener la valentía de proteger incluso cuando eso implique poner límites incómodos. Porque la verdadera formación en valores comienza mucho antes de que un joven llegue a una fiesta: comienza en el ejemplo que recibe en casa.
Y de lucha contra la corrupción como pilares de un sistema nacional que debería construirse desde todos los espacios de la sociedad. Sin embargo, la integridad no empieza en las instituciones públicas ni únicamente en los grandes casos políticos; empieza en casa, en las decisiones cotidianas que toman los padres frente a sus hijos.
Cuando un adulto enseña que se puede falsificar un documento “porque no pasa nada”, que se puede engañar a los controles o vulnerar normas por conveniencia social, está formando ciudadanos que naturalizan la corrupción desde temprana edad. Esa es quizá una de las formas más peligrosas de corrupción: la que se normaliza en la crianza y se disfraza de permisividad o de “confianza” hacia los hijos.
La protección de la infancia exige límites claros, responsabilidad y coherencia ética. No podemos exigir un país más íntegro mientras en algunos hogares se enseña que las reglas pueden romperse si existe dinero, contactos o apariencias que lo permitan. Educar también es enseñar respeto por la ley, por la verdad y por las consecuencias de los actos.
Ser padres no significa facilitar experiencias riesgosas para “encajar” socialmente, sino tener la valentía de proteger incluso cuando eso implique poner límites incómodos.