25/06/2026
●Cuando el conflicto de los adultos se convierte en una forma de violencia contra los hijos●
Las recientes denuncias públicas que involucran a Carla Constanza Mato Traverso no solo han generado preocupación por la situación de una adulta mayor que afirma haber sido víctima de maltratos. También han puesto sobre la mesa una realidad que suele pasar desapercibida: el profundo daño emocional que pueden sufrir los niños cuando son expuestos a conflictos parentales destructivos.
Si los hechos denunciados resultaran ciertos, estaríamos frente a una situación sumamente grave. Un niño de apenas cuatro años no debería crecer escuchando insultos contra su padre, presenciando descalificaciones constantes ni siendo utilizado como instrumento dentro de una disputa entre adultos. Ningún menor tiene la madurez emocional para procesar que una figura parental llame al otro progenitor "violador", "tarado" o "inútil" delante de él. Lo que para un adulto puede parecer una agresión verbal más, para un niño representa una fractura en su seguridad emocional y en la construcción de su propia identidad.
Cuando se ataca permanentemente a uno de los padres frente al hijo, no solo se daña la relación paterno-filial. También se daña al niño, porque los hijos son parte de ambos progenitores. Destruir la imagen de uno de ellos equivale, en cierta medida, a destruir una parte de la propia historia emocional del menor.
Resulta igualmente preocupante cualquier presunta obstrucción injustificada al régimen de visitas. Salvo que exista un riesgo real acreditado para el menor, el contacto con ambos padres constituye un derecho fundamental del niño y no una concesión que dependa de la voluntad de uno de ellos. Los hijos no son propiedad de nadie. No son trofeos de guerra después de una separación. No son herramientas para castigar a una expareja.
Los procesos de separación deben resolverse entre adultos. Cuando un padre o una madre instrumentaliza a un hijo para alimentar resentimientos personales, quien termina pagando el costo emocional más alto es el menor.
Como abogada de familia, he visto casos donde el miedo, la ansiedad, el rechazo injustificado hacia uno de los padres y la repetición mecánica de frases propias de adultos son señales de alerta que merecen atención especializada. No corresponde emitir diagnósticos a través de los medios, pero sí corresponde recordar que la salud mental y emocional de los niños debe ser protegida por encima de cualquier conflicto entre los progenitores.
Este caso también deja una lección que trasciende lo jurídico y alcanza lo humano. Antes de formar una familia y traer hijos al mundo, debemos comprender la enorme responsabilidad que implica elegir a la persona con quien compartiremos ese proyecto de vida.
Esto aplica para hombres y mujeres por igual.
Vivimos tiempos en los que muchas personas arrastran heridas profundas de la infancia, traumas no resueltos, patrones de violencia aprendidos, carencias afectivas y conflictos emocionales que nunca fueron atendidos adecuadamente. El amor por sí solo no siempre es suficiente para construir una familia sana. También se necesitan madurez emocional, responsabilidad afectiva, estabilidad psicológica y capacidad para gestionar conflictos sin destruir a quienes nos rodean.
Conocer verdaderamente a una persona implica observar cómo trata a sus padres, cómo resuelve las frustraciones, cómo maneja la ira, cómo asume responsabilidades y cómo actúa cuando las cosas no salen como espera. Es en esos momentos donde se revela el verdadero carácter.
La sociedad debe dejar de romantizar las relaciones y empezar a valorar más la salud emocional de quienes deciden formar una familia. Porque cuando una relación fracasa, los adultos suelen encontrar la manera de rehacer sus vidas. Pero cuando un niño crece atrapado en un ambiente de hostilidad permanente, las consecuencias pueden acompañarlo durante décadas.
La prioridad nunca debe ser quién gana la disputa entre los padres. La prioridad debe ser quién protege mejor el bienestar del niño.
Los hijos necesitan amor, estabilidad, seguridad y vínculos sanos con las personas que los aman. Todo lo demás es secundario. Porque las heridas emocionales que se siembran en la infancia suelen convertirse en las luchas silenciosas de la vida adulta.
Por Amor a Nuestros Hijos Yobana Carril Hombres Maltratados por la ley Poder Judicial del Perú