11/09/2025
Una vez más, una bomba de tiempo nos estalla en las manos. Y, en el fondo, la causa es la misma de siempre: la corrupción sistémica.
Mientras se crucifica al eslabón más débil—el operador de la pipa—, los verdaderos responsables permanecen impunes: la empresa gasera, que prioriza el lucro sobre la vida, y las autoridades cómplices, negligentes en su deber de verificar y hacer cumplir la normativa.
La explosión de ayer fue sólo el síntoma. La enfermedad es la indiferencia criminal de quienes están arriba (empresarios y autoridades) hacía el pueblo. Frente a esta tragedia, queda al descubierto la vileza de unos y la grandeza de otros: la solidaridad inquebrantable del Pueblo de México, que una vez más, salió a ayudarse.
La regulación existe en el papel. Lo que no existe es una cultura de legalidad y honestidad. La autoridad, al omitir sus verificaciones pertinentes, se convirtió en cómplice de esta tragedia anunciada.
El estruendo de la explosión no se apagará. Resonará en nuestros corazones y en nuestra memoria hasta que se esclarezcan los hechos, se señale a todos los culpables y, por fin, se haga justicia. Para ello, es imperativo que el Pueblo mantenga viva su indignación y permanezca unido.
La justicia no es una concesión; es una conquista que debemos exigir.