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17/04/2026

Abusan transportistas de en el cobro del pasaje sin autorización oficial, denuncian usuarios

Por Nicasio de Jesús Chepe

TLAPA, GRO. - Usuarios del transporte público, denunciaron que sin la autorización formal del alza en el precio del pasaje, los trabajadores del volante de los diferentes sitios, ya están aplicando la nueva tarifa de las autoridades estatales.

Los usuarios que hablaron a condición del anonimato, aseguraron que el cobro que ya están aplicando está muy disparado.

Una señora que se identificó como vecina de la colonia Tepeyac, denunció que la mañana de este jueves acudió al centro a comprar para surtir su tienda, ya con las cosas que compró tomó un taxi del sitio del Señor del Nicho, cuyo conductor le cobró 80 pesos como dejada mínima, cuando hasta hace algunos días le cobraban 50 pesos. La diferencia es que está muy exagerado el cobro, ya que de un momento a otro cobran 30 pesos de más.

Otra usuaria del mercado de San Francisco, narra que fue a comprar en el mercado Nuevo Horizonte con los mayoristas, al pedir el servicio de una camioneta mixta al cual le cobraron 300 pesos, bajo el argumento de que así están las nuevas tarifas.

Otros usuarios manifestaron su queja de que las Urban del servicio urbano, ya les están cobrando a 12 pesos de los 8 pesos que venían cobrando.

Mientras tanto los usuarios de los taxis la dejada mínima ya cobran a 50 pesos, en lugar de los 40 pesos que casi todos cobraban.

Pese a que el delegado regional de transportes Taurino Reyes Leyva, asegura que aún no se aplican las nuevas tarifas porque aún no se publican en el Diario Oficial, los transportistas ya se están saliendo fuera de control.

Los usuarios del servicio público, pidieron a las autoridades que pongan orden ante esta confusión existente en esta región de la montaña.

Los usuarios señalaron que lo cierto es que un taxi no consume un litro por la dejada mínima, y que tampoco la gasolina no se ha disparado como para que exageren en el nuevo precio del pasaje.

Finalmente destacan que tampoco es válido el argumento de que ya subieron el precio de las refacciones, y si aumentaron tampoco se acaban en una semana, por lo que no es válida la versión de que gastan mucho en el mantenimiento en sus vehículos, y todo lo que pasa es algo que el usuario no debe de pagar de más, porque tampoco tiene la maquinita para hacer dinero.

15/04/2026

Pedro Infante vio humillar a una anciana — lo que hizo esa noche nadie lo olvidó

El ruido del plato de barro al caer sobre el piso de mármol cortó el murmullo de la fila como un cuchillo. Era un sonido seco contundente que hizo girar cabezas y detener conversaciones a media palabra. El plato no se rompió del todo, solo se partió en tres pedazos grandes. Quedaron allí frente a la entrada principal del teatro lírico.

Reflejaban las luces de la marquesina. La marquesina anunciaba la función de esa noche de octubre de 1952. La tarde caía lenta sobre la calle República de Cuba en el centro de la Ciudad de México. El aire olía a pan recién horneado, mezclado con humo de los camiones que pasaban ruidos. Las sombras de los edificios coloniales se extendían sobre el pavimento irregular.

Formaban franjas oscuras. La gente buscaba refugio allí del último calor del día. Cientos de personas hacían fila bajo el calor pegajoso de las 6 de la tarde, mujeres con vestidos modestos abanicándose con periódicos doblados, hombres con camisas de trabajo apenas planchadas. Se secaban la frente con pañuelos gastados.

Niños inquietos jalaban las manos de sus madres. Preguntaban cuánto faltaba. Todos esperaban ver algo que no se repetiría jamás. Pedro Infante y Jorge Negrete juntos en un mismo escenario, la primera y tal vez única vez que los dos gallos del cine mexicano cantarían frente a frente para el pueblo que los amaba. Era el evento del año.

Los boletos se habían agotado en 3 horas. Pedro Infante acababa de llegar por la entrada lateral del teatro. Vestía pantalones oscuros y camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos. Traía el cabello húmedo porque se había duchado apenas 20 minutos antes después de ensayar toda la tarde con el mariachi.

Sus zapatos de cuero brillaban a pesar del polvo de la calle. Cargaba su guitarra en una mano, la misma guitarra que había usado en tantas películas y una bolsa de lona con ropa en la otra. iba cansado. Era esa clase de cansancio honesto que deja el trabajo duro. Había cantado la misma canción 15 veces tratando de perfeccionar cada nota, pero sus ojos todavía brillaban.

Brillaban con la anticipación de lo que vendría. Sentía el peso de la noche en los hombros como una responsabilidad dulce. Sabía que esa noche sería especial. Lo sabía por la forma en que el director del teatro le había apretado el hombro esa mañana con los ojos vidriosos de emoción. Lo sabía por la manera en que Jorge Negrete lo había mirado durante los ensayos, con respeto y algo de nerviosismo competitivo, como dos boxeadores antes de subir al ring.

Estaba a punto de entrar cuando escuchó la voz era aguda, temblorosa, con ese tono de súplica que solo tienen las voces de quienes ya han sido rechazados muchas veces antes. Pedro se detuvo, iró la cabeza hacia la entrada principal, donde la multitud seguía haciendo fila. Allí, junto a la puerta de cristal, vio a un guardia de seguridad parado con los brazos cruzados frente a una mujer anciana.

La mujer sostenía con ambas manos una olla grande de peltre cubierta con un trapo limpio. Llevaba un vestido gastado de flores descoloridas y un reboso café oscuro sobre los hombros. Su cabello gris estaba recogido en un chongo apretado. Debía tener 70 años, tal vez más. El guardia era joven, fornido, con uniforme azul marino, impecable y gorra reluciente.

Señalaba la olla con desprecio. Le hablaba a la anciana con palabras que Pedro no alcanzaba a escuchar completamente, pero conocía muy bien ese tono. Era ese tono que usan algunos hombres cuando creen que su uniforme les da derecho a humillar a otros. La anciana intentaba explicar algo. Moviendo la cabeza, apretando la olla contra su pecho como si fuera lo más valioso del mundo.

El guardia negaba con la cabeza y hacía gestos bruscos con la mano indicándole que se fuera. Entonces la mujer dio un paso hacia delante insistiendo y el guardia extendió el brazo empujándola levemente hacia atrás. No fue un empujón fuerte, pero fue suficiente. La anciana trastabilló, la olla se le resbaló de las manos, cayó al suelo con ese ruido terrible que había cortado el murmullo de la fila.

Los pedazos de plato de barro quedaron esparcidos. Del trapo que cubría la olla empezó a salir un olor inconfundible. Enchiladas, enchiladas caseras recién hechas con ese aroma a salsa de chile, guajillo, cebolla y orégano que llenó el aire como un reproche. La anciana se quedó mirando los pedazos del plato en el suelo. Sus labios temblaron.

No lloró, pero su rostro se arrugó de una manera que era peor que el llanto. Era la expresión de alguien que acaba de perder algo que no puede reemplazarse. El guardia soltó una risa corta y dijo algo que hizo que algunas personas en la fila apartaran la mirada avergonzadas. Otras rieron también, contagiadas por la crueldad que a veces se vuelve colectiva cuando alguien con poder la inicia.

Pedro Infante dejó su guitarra y la bolsa en el suelo. Caminó hacia la entrada principal con pasos lentos pero firmes. La multitud empezó a darse cuenta de que algo estaba pasando. Primero fueron los murmullos, luego las exclamaciones. Es Pedro, Pedro Infante. Miren, es él. El guardia seguía hablando, ajeno a lo que se acercaba por detrás.

La anciana mantenía la mirada clavada en los pedazos de plato. Pedro llegó hasta donde estaba la mujer, se arrodilló junto a ella sin decir nada. Recogió uno de los pedazos grandes del plato con cuidado, como si fuera algo sagrado. Lo examinó con los dedos. Era un plato de barro pintado a mano con flores azules alrededor del borde, el tipo de plato que las familias humildes guardan para ocasiones especiales, porque fue hecho por algún familiar hace años y no hay dinero para reemplazarlo.

Pedro levantó la vista hacia la anciana. Ella lo reconoció. Sus ojos se abrieron enormes. Abrió la boca para hablar, pero no le salieron palabras. El guardia finalmente volteó. Al ver a Pedro Infante arrodillado en el suelo, su rostro pasó del desdén a la confusión y luego el terror. Señor Infante empezó a decir, "Yo no sabía.

" Pedro lo interrumpió sin levantar la voz. No lo interrumpió con palabras, sino con una mirada. Fue una mirada tan tranquila y tan cargada de decepción, que el guardia cerró la boca de golpe y dio un paso atrás. Pedro se puso de pie sosteniendo el pedazo de plato en una mano. Con la otra ayudó a la anciana a levantarse.

"Señora", le dijo con esa voz suave que había consolado corazones rotos en 50 películas. "Explíqueme qué pasó aquí." La mujer tragó saliva, miró el trapo que cubría la olla caída en el suelo. "Yo", empezó con voz quebrada. "Yo le traje enchiladas." Pedro inclinó la cabeza esperando que continuara.

La mujer respiró hondo y siguió hablando. Explicó que su esposo había sido músico, un guitarrón del mariachi que tocaba en las plazas de Garibal y los fines de semana y en las cantinas del centro entre semana. Durante años había acompañado a cantantes en p***n y fiestas. Se llamaba Esteban.

Murió hace 6 meses de una pulmonía. empezó como un simple resfriado, pero en hombres de su edad y condición se vuelve mortal, especialmente cuando no hay dinero para doctores. Antes de morir estaba muy enfermo, apenas podía respirar acostado en el catre de su cuarto de vecindad. Su pecho silvaba como un fuelle roto. En esos últimos días le contó a ella sobre las veces que había tocado junto a otros músicos, músicos que acompañaban a Pedro Infante en presentaciones especiales.

Le contó que Pedro era diferente, que a Pedro no le importaba comer con la gente del pueblo, que las señoras mayores le llevaban comida a los conciertos, tacos, enchiladas, tamales envueltos en trapos limpios, y él comía con gusto frente a todos. sin fingir, sin arrogancia, sin esa distancia que otros artistas mantenían, como si el pueblo que los amaba no fuera contagioso, como si estuviera en la mesa de su propia madre.

Cuando mi esposo murió, continuó la anciana con los ojos húmedos. Me quedé sola, mis hijos están en el norte buscando trabajo. Yo vivo de lavar ropa ajena. Pero cuando supe que usted vendría a cantar aquí a este teatro tan cerca de mi vecindad, pensé pensé algo. Pensé que tal vez si le traía enchiladas hechas con la receta que mi esposo amaba, usted las comería y sería como si mi esposo todavía estuviera aquí.

De alguna forma sería como honrar su memoria. Sería como decirle gracias por haberle dado a mi esposo el orgullo de acompañarlo, aunque fuera una sola vez. La voz de la mujer se quebró completamente al final. Pedro sintió algo apretarse en su pecho. Miró la olla caída, las enchiladas que se habían derramado parcialmente sobre el trapo.

Luego miró al guardia que permanecía paralizado a unos metros con el rostro pálido. Todo el teatro lírico parecía contener la respiración. Las personas en la fila se habían acercado formando un semicírculo. Algunos ya tenían los ojos llorosos. Pedro Infante se agachó de nuevo, recogió la olla con cuidado, dobló el trapo sobre las enchiladas que quedaban adentro, se puso de pie sosteniendo la olla como si fuera un tesoro.

"Señora", dijo mirándola directo a los ojos. "¿Cómo se llama?" "Refugio", respondió ella con un hilo de voz. "Doña refugio." Pedro asintió despacio. "Doña refugio, su esposo tenía razón y usted también. Esto que usted hizo merece respeto. No rechazo. Volteó hacia el guardia. El joven temblaba visiblemente.

Pedro no gritó, no lo amenazó, solo le hizo una pregunta simple con voz calmada. ¿Usted cree que un uniforme lo hace mejor que ella? El guardia negó con la cabeza rápidamente. Pedro continuó. ¿Usted cree que porque ella es pobre y anciana no merece dignidad? El guardia abrió la boca para defenderse, pero Pedro levantó una mano pidiéndole silencio.

No respondió a sus propias preguntas. En cambio, se volteó hacia doña Refugio y le ofreció el brazo. "Venga conmigo", le dijo. La anciana lo miró sin entender a dónde susurró. Al escenario respondió Pedro. Usted va a sentarse en primera fila y antes de que empiece el show voy a comer sus enchiladas frente a todo el teatro.
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14/04/2026
14/04/2026
11/04/2026
03/04/2026
02/04/2026

Tiran los restos de siete hombres
descuartizados, en la Tlapa-Olinalá


Los restos de siete hombres descuartizados fueron tirados en la carretera de Tlapa a Olinalá, en la región de la Montaña de Guerrero, a la altura del crucero a la cabecera municipal, de Cualác.
El hallazgo ocurrió alrededor de las 4:00 de la tarde, que personas que pasaban por el lugar observaron que de un vehículo hombres armados bajaron cajas negras de plástico y una olla y vaciaron los restos humanos sobre el pavimento.
El reporte de las autoridades indica que se trata de siete hombres descuartizados y decapitados.
En el lugar junto a los restos en el pavimento quedaron al menos dos cajas y una olla de aluminio para tamales.
Al lugar arribaron elementos de seguridad y peritos de la Fiscalía General del Estado, quienes realizaron las diligencias.
Los restos fueron trasladados a las instalaciones de la Agencia del Ministerio Público de Tlapa, donde esperarían unas horas por si eran identificados y después serán trasladados a las instalaciones del Servicio Médico Forense con sede en Chilpancingo, para las necropsias.

02/04/2026


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