22/06/2020
¡Vaya que si hay vida!
¿Por qué cuando uno se separa seguimos diciéndolo con boca pequeña? ¿Por qué tanto secreto? ¿A qué vienen esas miradas esquivas cargadas de pena y culpa? ¿Por qué esa sensación de fracaso cuando sale el tema? ¿Por qué la sombra del juicio y el qué dirán ronda a nuestro paso? ¿Por qué la gente pone el foco en los niños y te bombardean con comentarios del tipo: pobres niños, ¿estarán bien? ¿Sufrirán? ¿Que vas a hacer ahora?
¿Qué voy a hacer ahora? ¡Pues seguir viviendo! Menuda pregunta.
– ¿Qué si estarán bien mis hijos? Mira lo que te digo…
Mis hijos lo que necesitan es ver a su madre y padre contentos y seguras de sí mismos.
Mis hijos lo que necesitan para no sufrir es ver y sentir que su padres se respetan aunque no vivan bajo el mismo techo.
Mis hijos lo que necesitan es estabilidad emocional, en sus padres también.
Mis hijos necesitan que se les trate con respeto, con cariño, con admiración también ¿por qué no?
– Cariño, cómo te admiro. ¡Eres increíble! – prueba a decírselo a tu hijo la próxima vez que tengas oportunidad.
Mis hijos necesitan una madre o un padre que al llegar a casa estén, que estén para ayudarles en los deberes, para cenar acompañados y para leerles el cuento de buenas noches.
Mis hijos necesitan consuelo en sus días oscuros y besos y aplausos en todas y cada una de sus alegrías que serán las mías también.
Mis hijos necesitan mimos en sus noches febriles, necesitan calor en los días fríos y seguridad y templanza en las dificultades.
Mis hijos necesitan a unos padres reales , tan real como ellos, como la vida, con todo lo que esta nos da y nos quita. ¿ Y si tenemos un mal día, dos o tres? ¿Y si hay días en los que por mucho que lo intentamos la sonrisa se niega a salir? ¿Qué ocurre entonces? Nada. No ocurre nada, esto también forma parte de la vida. En esta casa hay cabida para todas las emociones, todas y sin excepción. Todas son nuestras. Tristeza, añoranza, melancolía, pena, rabia, dolor… todo tiene su espacio aquí. Pero una vez superado, una vez llorado, una vez sentido y aceptado, toca levantarse. Y uno se levanta con cabeza alta y mirada al frente. ¡Vamos! Toca salir ahí fuera a comerse la vida a bocados y a manos llenas.
Mis hijos necesitan calor, color, y olor. Calor y color de infancia y olor de hogar.
Y para ofrecerles todo eso a mis hijos, necesariamente yo necesito estar bien. Sí, yo.