11/12/2025
Mi novio me escribió desde su trabajo para contarme que, justo al borde de la carretera, había visto a una perrita completamente sola. No había rastro de su dueño, aunque sí un detalle que dolía más que la escena en sí: a su lado descansaba una bolsa con juguetes, como si alguien hubiera dejado allí todas sus cosas antes de marcharse.
Esa noche no pude hacer nada, pero al amanecer decidí ir personalmente al lugar. Y ahí seguía. La perrita no se había movido mucho, como si esperara que su familia regresara en cualquier momento. Lo que encontré, sin embargo, era aún más triste: la bolsa de juguetes estaba vacía. Alguien se los había llevado durante la noche. Ella había convertido el plástico en su cama improvisada.
Me quedé mirándola largo rato. No podía entender cómo alguien podía abandonarla así, ni cómo otra persona había tenido la crueldad de llevarse los únicos objetos que le quedaban. Era difícil no sentir rabia, pero sobre todo sentí responsabilidad. Aunque en casa ya cuidaba a ocho perros, no podía dejarla allí. No después de lo que había visto.
La llamé “Dulce”. El nombre me vino solo, porque desde el primer momento se mostró cariñosa, agradecida y obediente, como si necesitara desesperadamente un lugar donde sentirse segura. Al inicio pensé en buscarle un nuevo hogar, pero con los días me di cuenta de que ella ya lo había encontrado… y yo también.
Dos años han pasado desde aquel día. Dulce llegó flaquita y desconfiada; ahora está más fuerte, más tranquila, un poco más gordita y rodeada de afecto. Sabemos que sufrió, así que intentamos compensarlo con paciencia y cariño.
Cuando la veo dormida en el sillón, estirando las patas con esa paz que antes no tenía, entiendo que la afortunada soy yo. Recogerla aquel día no fue un acto de compasión: fue una bendición que la vida me puso en el camino. Y Dulce, sin decir una palabra, nos lo recuerda todos los días.