08/11/2020
Las Cuatro lecciones sobre Kant son parte de un curso que Gilles Deleuze dio en Vincennes entre marzo y abril de 1978. Como sus cursos (sobre Spinoza, Foucault, Levinas) se trata de muchas propuestas replegadas en el formato aparentemente inofensivo de las clases universitarias. Es, de modo bastante obvio, una revisión a la 'Crítica de la razón pura' y a algunos postulados que la completan e incluso redefinen en la 'Crítica del juicio' con fines puntualmente pedagógicos. Pero también es la modulación del discurso kantiano en términos de la filosofía de Deleuze, la transformación, ante un auditorio asombrado, de un riguroso edificio de facultades, conceptos y percepciones en las nociones fluidas que tanto deleitan a Deleuze, las que se multiplican por proliferación del pensamiento y no por rigor de alguna lógica. Como resultado de ello, el sujeto cognoscente kantiano resulta consecuencia de un dinamismo vertiginoso en torno de una nueva concepción del tiempo. Luego de Kant, proclama Deleuze, al tiempo ya no se le reconoce como la forma de medir el movimiento, una exterioridad condicionada por las estaciones y las mutaciones en los cielos. El tiempo se ha vuelto la condición misma de la interioridad de quien conoce.
¿Cuál es el gesto filosófico de Deleuze en 'Las cuatro lecciones'? Aunque repita el procedimiento que realizó con otros filósofos, el de destacar cómo, antes que a formas estáticas, asistimos a un funcionamiento del pensamiento como organismo que se multiplica, el desafío es singular en Kant porque su filosofía constituye el polo opuesto del discurso deleuziano: un edificio de cristalizaciones a fuerza de definiciones que reducen la actividad de pensar a un número limitado de categorías. Para Deleuze ello no es así, y se multiplica señalando, antes que errores, inestabilidades constitutivas que muestran al pensamiento kantiano como la acumulación de puntos de fuga apasionados antes que despiadada rectitud.
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