25/03/2024
«[…] El patrón histórico es constante: tendemos a valorar lo difícil, lo minoritario, lo caro. Las mujeres romanas, de oscuro pelo mediterráneo, anhelaban lucir melenas rubias. Por eso los artesanos fabricaban pelucas con el cabello de prisioneras germánicas, esclavas rapadas para lujo de las patricias. Siglos más tarde, las japonesas utilizaban un ungüento de óxido, té y sake que teñía sus dientes de negro puro. El color marfil de la dentadura se consideraba vulgar, mientras las sonrisas tiznadas —que muy pocas podían permitirse— eran un símbolo de elegancia. Durante generaciones, los cuerpos bronceados y musculados —hoy oscuro objeto de envidias veraniegas— se asociaron a las clases pobres, sometidas al sol inclemente y los trabajos esforzados del campo.
Una y otra vez, la belleza ha sido signo de ostentación y, además, un próspero y competitivo negocio. En nuestro mundo, poderosas industrias cosméticas y quirúrgicas subrayan nuestros defectos para vendernos ilusiones y soluciones. Caras, muy caras. La celulitis, por ejemplo, es un concepto que no existía hace poco más de un siglo, precisamente hasta que las revistas y los centros de belleza la definieron como una lacra. Al exponer a la luz pública un rasgo saludable como si fuera una enfermedad, se fabricó un complejo que actualmente genera descomunales beneficios. Como escribió Ursula K. Le Guin, esta lucrativa obsesión moldea nuestros cuerpos con una tríada de adjetivos —delgado, tirante, firme—, que se traduce en inversiones y privaciones. Y añadía: “Hay muchas maneras de ser perfecta, y ni una sola se alcanza a través del castigo”. Tal vez la belleza más humana sea la que se logra no con esfuerzo e insatisfacción, sino con facilidad y felicidad».
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Ilustración de Román Rivas
Laberinto - Milenio Diario