20/04/2026
EN ROMA, NI SE JURABA NI SE TESTIFICABA ECHÁNDOSE MANO A LOS TESTÍCULOS.
Si navegas por los lodazales de Internet, tardarás poco en toparte con la "curiosidad" de que los romanos, a falta de una Biblia a mano, se agarraban los testículos para jurar decir la verdad ante un tribunal. Es una imagen potente, muy de película de gladiadores, pero tiene un pequeño inconveniente: es radicalmente falsa. No existe ni una sola referencia clásica que lo confirme.
El error nace de la coincidencia terminológica. En latín, te**is significa tanto «testigo» como «testículo». Pero no nos equivoquemos: no es que la palabra tenga dos significados (polisemia), sino que son dos palabras distintas que, por azares del destino, acabaron sonando igual (homonimia).
- Testigo: Viene de tristis (tri-stis), el "tercero que está de pie" en una disputa entre dos.
- Testículo: Es el diminutivo de te**is (testigo), en el sentido de que estos órganos son los "pequeños testigos" de la virilidad de un hombre.
La confusión no es nueva; ya en el siglo III a.C., el comediógrafo Plauto, un canalla de los nuestros con mucho oficio, se servía de este doble sentido para hacer chistes. En su comedia de enredos "Anfitrión", Júpiter se hace pasar por Anfitrión para pasar la noche con Alcúmena (fruto de ese encuentro amoroso nacerá Hércules). Pero ella, creyendo siempre que estuvo con su marido, cuando le acusan de serle infiel con Júpiter contesta:
«mihi quoque adsunt te**es, quid illud quod ego dicam adsentiant» (también tengo testigos/testículos, que afirman lo que yo digo)
[Los testigos de su fidelidad son los testículos de su marido, con quien pensaba haber pasado la noche]
Como ambas palabras se confundían en latín, las lenguas romances emplearon distintos mecanismos para diferenciarlas. En castellano, testigo es el resultado de «te**is» + «facere» (hacer), y significaría «hacer de testigo»; para testículos utilizaron un sufijo diminutivo «-culus», no por menospreciarlos, sino como ocurrió con la palabra oreja (procedente de «auris» + «cula»). Aunque si nos fijamos bien en la palabra oreja, la evolución fonética de testículo tendría que haber sido «testijo», pero ¿por qué no evolucionaría así? Puede que se temiera que testigo y «testijo» se terminara pronunciando igual y volviéramos al mismo problema.
Entonces, ¿cómo juraban realmente? Un romano culto jamás se habría tocado las partes en un tribunal; habría sido una falta de gravitas (dignidad) imperdonable. Los juramentos eran actos sagrados y variaban según el perfil del declarante: los hombres solían jurar por Hércules; las mujeres invocaban a Cástor y Pólux; los militares podían hacerlo sobre su espada y, en el Imperio, el juramento más serio se hacía sobre el Genius (el espíritu divino) del Emperador.
En definitiva, se juraba por los dioses, por el honor o por la familia. Pero, por favor, dejen tranquilos a los testículos, en Roma solo servían para dar herederos, no para dar testimonio.