02/07/2024
𝗦𝗲𝗿𝗲𝗻𝗮𝘁𝗮 𝗡𝗼𝗰𝘁𝘂𝗿𝗻𝗮 𝗲𝗻 𝗣𝗮𝗿𝗿𝗮𝗹
Este bello edificio fue una casa de huéspedes, que hoy, además de rumorarse que será sede de un ambicioso proyecto, alberga una crónica melódica.
Según las historias de mi abuelo, la habitación con ese balcón en la parte superior, hospedó a una bella mujer de origen Alemán, que era intérprete musical en el Teatro Hidalgo.
Por las noches ella ensayaba y la música de su Chelo invadía las calles del centro de Parral. Mi abuelo Fernando Ulloa Reyes, entre risas, me contaba que durante su infancia el y su fiel amigo, el Sr. Fidel Flores, se paraban justo debajo del balcón de esa casa y cuando ésta comenzaba a tocar, ellos aullaban como si fuesen perros y con ello lograban, siempre, interrumpir el ensayo musical.
En ese tiempo, mi bisabuelo, Don Castor Ulloa organizaba obras y recitales en el Teatro Hidalgo y dentro de estos se encontraba el número de la chelista alemana.
Por su parte mi abuelo y el Sr. Flores todas las noches repetían el canino concierto de aullidos al son del chelo de la germana.
Un día, la cantante se presentó con mi bisabuelo y le dijo que había perdido su Don musical y que por ello se marchaba de Parral, dado que no era digna de tan refinada audiencia, pues hasta los perros aullaban cuando ella pretendía hacer música.
Mi bisabuelo, consternado y seguramente con mala intención, trató de convencerla de que se quedara una semana más, le profirió sendos cumplidos y deseos de escuchar a solas, su recital completo.
Una solitaria noche veraniega mi abuelo, en compañía de su cómplice, fue a pararse bajo el mismo balcón para repetir la travesura, pero no se percató de que su padre, Don Castor, en el mismo momento, trataba de persuadir a la víctima. Evidentemente, en la soledad de su habitación para disuadirla, sin distracciones a que siguiera con su número.
Melancólico y dramático sonó el Violoncello en adagio, luego, en allegro prestissimo con fuoco, se hicieron presentes los aullidos perrunos; entonces, intempestivamente, con un golpe de cuerdas, la artista marcó un silencio y se echó en lento llorar al hombro de Don Castor y la serenata nocturna se acompañó en un allegro de risillas infantiles.
Mi bisabuelo reconoció la risa de su hijo; molesto, asomó por el balcón y fue cuando la reveladora luz de la luna iluminó el pícaro rostro del vástago.
Don Castor, furioso, bajó y le persiguió por la calle Ojinaga, presto, hasta alcanzarle.
Luego, en paso andante condujo al angelito, hacia la casa de su mamá, Doña Trini. Siempre, con una paternal caricia de oreja, en sostenido.
Desconozco si a Doña Trini se le explicó el común y travieso motivo, en la visita nocturna de padre e hijo a aquella casa de la Calle Ojinaga o si el silencio se selló en un pacto entre caballeros; sólo ese edificio, las calles, la luna de Parral y el cielo de Chihuahua fueron testigos de la serenata y su vertiginoso final.
[Nota al lector: esta publicación es una reedición y actualización a la que realicé en 2016, hoy sospecho que la cantante no era cantante, sino chelista, esto por información de conocidos y amigos, no obstante; en algún momento me daré a la tarea de develar la identidad de esa dama].