06/04/2026
Hace tiempo, llegó un masculino al Servicio Médico Forense. Estaba refrigerado, en calidad de desconocido.
Edad aproximada: 30 a 35 años.
Sin nombre.
Sin documentos.
Sin alguien que preguntara por él.
Desde su ingreso se le realizó la necropsia correspondiente.
Inspección externa:
Se identificaron algunos rasgos distintivos.
Un tatuaje en extremidad superior.
Una cicatriz antigua en región torácica.
Marcas que quedaron debidamente documentadas.
Se continuó con la revisión craneofacial.
Y ahí estaba la causa:
Una lesión puntual en región frontal, entre ambas cejas.
Orificio de entrada.
Bordes regulares.
Anillo de contusión.
Se realizó la apertura.
Compromiso encefálico severo.
Lesión incompatible con la vida.
Muerte instantánea.
En términos forenses:
Herida producida por proyectil disparado por arma de fuego, con orificio de entrada en región glabelar, con daño intracraneal y desorganización de tejido cerebral letal.
La causa de muerte quedó clara desde el primer día.
Pero su identidad… no.
El cuerpo fue ingresado a la cámara frigorífica.
Y ahí permaneció.
Estuvo refrigerado por mucho tiempo.
Pasaron semanas…
luego meses.
Hasta que fue necesario volver a sacarlo.
A pesar del frío, el cuerpo ya se encontraba en estado de descomposición avanzada.
Cambios cromáticos evidentes.
Alteraciones propias del paso del tiempo.
Un aspecto que ya no permitía reconocimiento facial.
Ya no era posible identificarlo por su rostro.
Pero aún quedaban las marcas.
El tatuaje.
La cicatriz.
Y entonces llegaron…
No venían a reconocer una cara.
Venían con descripciones.
“Tenía un tatuaje…”
“tiene una cicatriz…”
“una marca en el cuerpo…”
Y con eso fue suficiente.
Ese día dejó de ser un desconocido.
Y volvió a tener nombre.
Ya no estará más en ese sitio frío…
Ya simplemente regresó con su familia…