17/07/2026
Pedro Sola desató una fuerte polémica al expresar en televisión que, cuando veía perros en restaurantes, supermercados o espacios públicos, le daban ganas de envenenarlos e incluso hizo comentarios sobre agredir a quienes los llevaban en carriolas. La reacción fue inmediata: indignación social, organizaciones protectoras de animales alzaron la voz, tuvo que ofrecer una disculpa pública y diversas marcas comenzaron a tomar distancia del programa. (infobae)
Pero el verdadero análisis no está en la polémica.
Está en el costo empresarial de perder la confianza.
Muchas organizaciones creen que sus mayores riesgos son una auditoría fiscal, una demanda laboral o una caída en las ventas.
No.
El mayor riesgo suele estar sentado dentro de la propia empresa.
Un director que habla sin medir consecuencias.
Un gerente que normaliza conductas inaceptables.
Un colaborador que publica algo en redes sociales.
Un vendedor que promete lo que la empresa no puede cumplir.
Un operador que decide ignorar un procedimiento.
Todos tienen algo en común: una sola decisión puede destruir en minutos lo que tomó años construir.
Las crisis reputacionales tienen un efecto dominó.
Primero se pierde la confianza.
Después llegan las dudas de los clientes.
Los patrocinadores y aliados comerciales evalúan si quieren seguir vinculados.
Los proveedores endurecen condiciones.
Los equipos internos se desmotivan.
Y, finalmente, el impacto aparece donde más duele: en los ingresos.
Eso no se registra en una cuenta contable llamada “reputación”.
Se refleja en contratos cancelados, clientes perdidos, oportunidades que nunca llegan y recursos destinados a contener una crisis que pudo prevenirse.
Por eso, el verdadero activo de una empresa no es únicamente su infraestructura, su tecnología o su capital.
Es la confianza que inspira.
Y esa confianza no se protege con disculpas cuando el problema ya explotó.
Se protege con liderazgo, cultura organizacional, criterios claros de actuación, capacitación, gestión de riesgos y decisiones responsables.
Porque cuando una organización depende de pedir perdón para conservar su reputación, probablemente ya llegó demasiado tarde.
La pregunta no es si tu empresa podría enfrentar una crisis reputacional. La pregunta es: ¿qué tan preparado está tu negocio para sobrevivir cuando la confianza sea puesta a prueba?