07/12/2022
EL AÑO DE LA PANDEMIA
La vida es sueño
LA CASA
A lo lejos, casi en el horizonte, puedo vislumbrar –entre nubes-- una columna de humo que emerge en pequeñas volutas de una pequeña casa de madera. Estoy sentado en lo alto de una montaña. Desde aquí miro como se unen los azules del cielo y el lago, divididos apenas por una casi imperceptible línea horizontal. A la izquierda, bordeando la ribera del río que alimenta esa imponente masa de agua, se ve un camino serpenteado que conduce a la cabaña. Seguramente tendrán que pasar varias horas antes de poder llegar a ella, así que emprendo la caminata bajando por entre los pedruscos hasta alcanzar una angosta avenida ensombrecida por dos gigantescas columnas de pinos. Entre matorrales es posible distinguir algunos animalillos del bosque: conejos silvestres, ardillas, algunos castores y a lo lejos un par de venados, solo que son grises. Llego hasta la orilla del lago, donde un par de pescadores, campesinos del lugar, recogen una red de la que extraen una buena pesca. El sol se ha levantado en todo su esplendor y provoca que mi rostro derrame algunas gotas de sudor. Estoy ya casi por llegar y veo más cerca la cabaña. Distingo a su alrededor una cerca blanca. En el porche hay una mecedora y en ella un anciano sentado, semidormido, con una p**a casi apagada en la mano. Casi al llegar, el camino está tapizado de piedras de río, semiplanas ya por el desgaste producido por el rodamiento de los carruajes. Me doy cuenta ahora que es una época diferente a la mía. Creo que estamos a principios del siglo XX. Alcatraces y rosas rojas, entremezcladas, rodean la casa azul, que contrasta con el verde brillante del paisaje que la rodea. Subo los tres escalones de la entrada principal, cuya puerta, semiabierta, deja entrever una estancia iluminada por la luz que penetra a través de grandes ventanales. Del lado izquierdo, luego de un breve pasillo, hay una puerta que conduce a una cocina amplia, de cuyas paredes penden sartenes y jarras de cobre. Una mujer cocina sobre una estufa de carbón. Está preparando pescado asado y hay una olla de la cual brota v***r, está hirviendo agua, quizá para un caldo o una sopa. Paso de largo y en la estancia veo a dos jóvenes, un chico y una chica, quizá algo mayores que adolescentes, que animadamente conversan. Cuando entro, ambos voltean hacia mí, la joven, que lleva una larga falda color ocre, corre hacía mi y me besa en la mejilla mientras él, a lo lejos me saluda con la mano, está sonriendo. Al fondo hay un comedor, sobriamente decorado. El color rojizo de sus vetas me hace pensar que se trata de madera de cedro. La mesa está puesta, pero no hay nadie más. Subo por una escalera angosta, quizá muy pronunciada. Hay un pasillo que comunica a tres habitaciones. En la pared del lado derecho, un gran espejo, tamaño natural, con un gran marco de latón. Yo no me veo reflejado, pero veo otras imágenes de mujeres que no están en ese momento conmigo, entre ellas mi esposa. En la primera, pequeña, hay un ropero cerrado con llave, un secreter con más de cuarenta cajones (cuento veinte del lado izquierdo), de todos tamaños y formas, y una pila de cartas amarradas por un listón azul. Una cama juvenil y una pequeña ventana que da a la parte posterior de la casa, desde la cual también es posible percibir el lago y el bosque que le rodea. En la del centro, cuya puerta tengo que abrir para entrar, veo una gran cama matrimonial al pie de una ventana, que también da al lago y al bosque. Tiene cortinas de gasa transparente y parece que en ella no hubiera dormido nadie hace mucho tiempo. Respiro profundamente y siento el aroma de la madera que penetra hasta mis sienes. Oigo a Elvis cantando Stand by me. Salgo al pasillo y voy a la habitación del fondo. Entro directo hasta una cómoda. Abro el cajón superior derecho: hay cartas, muchas cartas, una mascada de seda rosa, postales, fotografías de familia y libros, muchos, no sé como entraron ahí, pero ahí están. Del lado izquierdo, en el cajón, sólo encuentro arañas y bajo su tela, una llave, que no sé de donde es. Siento frío y vuelvo al pasillo. El corazón late aceleradamente. Hay otra escalera pequeña, vertical casi, que me lleva a una buhardilla. Las ventanas están abiertas y penetra un aire refrescante que apacigua un poco el calor del verano. De pronto supe que era verano. Es como una alacena donde hay trebejos y cosas nuevas. Veo una caminadora ¿en ésta época?, pero es el segundo signo que me habla de dos vidas distintas, o de una misma alma en dos épocas. Hay también una rueca y un telescopio. Seguramente los habitantes de esta casa gustan de mirar al cielo, en especial la luna y las estrellas. Entonces te veo, flotas como un fantasma, y comprendo que tú también me has abandonado. Cuando salgo, veo al anciano, tiene mi rostro, pero es el cuerpo de mi padre. De pronto aparece el Canelo, mi perro Setter Irlandés, que tuve en mi juventud. Ladra y revolotea alrededor mío, ladra y revolotea por el jardín. Voy de camino a mi montaña.
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