25/01/2026
Capítulo 13 – La audiencia del silencio.
El día señalado amaneció con un aire pesado, como si la ciudad supiera que algo iba a ser removido de sus cimientos. Caminé hacia el tribunal con el portafolio bajo el brazo, consciente de que lo que llevaba dentro no era solo papel: era memoria, era verdad, era la grieta que había decidido abrir.
La notificación había sido clara: miércoles, diez de la mañana, sala tres. Al llegar al tribunal, los pasillos se sentían nuevamente más silenciosos de lo habitual. Policías Procesales, Auxiliares de Sala y Jueces caminaban con prisa, siempre con prisa. El eco de mis pasos parecía más fuerte, como si cada golpe contra el suelo anunciara la incomodidad que estaba por entrar en la sala de oralidad.
Al ingresar a la sala, el Policía Procesal Frente a la puerta de la sala de oralidad solicito mis datos, ingresar la vi. La hermana del sentenciado estaba allí, sentada en la segunda fila, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el suelo. Su rostro llevaba el peso de los años de silencio, de la condena injusta, de la muerte en prisión que nunca fue explicada. Cuando levantó la vista y me reconoció, no hubo palabras. Solo un gesto breve, un agradecimiento contenido en los ojos.
Ese encuentro me golpeó más que cualquier argumento jurídico. Porque en ese instante comprendí que lo que estaba por defender no era solo un expediente, sino la memoria de un hombre y el dolor de una familia. Y el peso de impotencia de saber que me era realmente imposible hacer algo más.
Me acomode en mi lugar, del lado derecho de la sala. El Juez ya estaba en su lugar, solemne, con la toga que parecía más pesada que nunca. Las demás partes técnicas acomodaban papeles, los murmullos se apagaban. El aire estaba cargado de tensión. Yo sentía los latidos de mi corazón acelerados, el cigarro de la noche anterior aún en mi garganta, el café de la mañana convertido en un n**o en el estómago.
El Auxiliar de sala empezó el discurso inicial y dando el motivo de la audiencia: “Solicitud de reconocimiento de inocencia en la causa 1983-2017.” La frase resonó como un desafío. Sabía que muchos pensaban que era inútil, que el sistema no se mueve por convicción sino por conveniencia. Pero también sabía que esa audiencia era el primer y único espacio donde la carpeta podía hablar en voz alta.
Miré a la hermana del sentencio por última vez. Sus manos seguían entrelazadas, pero ahora su mirada estaba fija en mí. Era un recordatorio silencioso de que no podía titubear.
Respiré hondo. Abrí el portafolio. La carpeta estaba allí, lista para ser expuesta. Y mientras la sala se sumía en un silencio expectante, comprendí que lo que estaba por decir no era un alegato técnico, sino un acto de memoria.