25/07/2026
Les comparto reflexiones que ultimamente me abruman. Es largo, si les intresa los invito a leerlo y a hacer comentarios respetuosos para abrir el diálogo...
El ABUSO DE LAS "ABUSADAS"
En el principio era el verbo Sí, el feminismo, como movimiento social, tuvo que inventar palabras que describieran un fenómeno particular: la inequidad, el abuso, la subordinación sin sentido y la injusticia requerían de una semántica.
Las palabras patriarcado, sororidad, perspectiva de género, y cientos más, conformaron una epistemología - ciencia del conocimiento- que abordó el fenómeno real, consistente en el desequilibrio entre los s**os ,que privaba en las relaciones sociales en el mundo.
Las ideas fueron construyendo la realidad y había que oponer un nuevo lenguaje que deconstruyera el status quo de la organización jerarquizada de la sociedad.
Simone de Beauvoir y otras muchas, tejieron una gran cantidad de palabras que simbolizaron ideas y que conformaron un sistema de análisis que evidenció la muy injusta posición de las mujeres en la realidad histórica. El lenguaje se convirtió en un espejo en el que los humanos podían observar el fenómeno de la inequidad. Quedó demostrado que el patriarcado, como sistema de organización social , era un constructo que sostenía una visión que favorecía a unos en perjuicio de otras. En él, la retórica fue construida por la antropología, la historia, la religión y las costumbres con el propósito de crear una asimetría, una prelación utilitaria que desfavorecía al s**o femenino: Una moral inmoral.
Después, sobrevino el movimiento. Las mujeres opusieron su voz y actuaron en consecuencia. Fue la época del activismo histórico que, en cada rincón del planeta creó, no sin grandes sacrificios y peligros, una conciencia que impelía a la acción: marchas, protestas, manifestaciones, discursos, asambleas. Pero la realidad es dura y terca. Hubo que sacrificar lágrimas y hasta sangre, pero el resultado se tradujo, así sea con exasperante lentitud, en mejores condiciones para las mujeres en un universo masculino que se negaba por supuesto a perder privilegios que se pensaban inmutables. Las generaciones de feministas demostraron paso a paso la pertinencia de sus reclamos y se fueron adueñando del discurso
Por su parte, la capacidad transformadora del derecho se reflejó en múltiples cambios legislativos, tímidos al inicio que luego se volvieron iniciativas legales de largo aliento. Se crearon leyes, códigos, criterios y se alcanzó una legislación, que a un tiempo planteó una equidad necesaria, y creó mecanismos como las acciones afirmativas para acelerar la transformación social. En la mayoría de los países se instituyeron normas protectoras y cuotas de género que permitieron a las mujeres ser y estar sin demérito ninguno. Tratados internacionales obligaron a las legislaciones nacionales a cambiar. No fue fácil; el derecho es una institución conservadora, y la resistencia después se trasladó de la ley a la implementación jurisdiccional. No importaba que existieran leyes justas si se carecía de la instrumentación en la práctica Así, la ley existía, pero no se cumplía, o era de cumplimiento lento y tortuoso. En mi experiencia, las leyes atemperan el discurso social, pero no transforman la realidad porque se carece de medios para hacerlo o se inventan pretextos que dilatan o nulifican el acceso real a la justicia. En nuestro país, este fenómeno es evidente. México ha suscrito y ha aprobado con todas las formalidades constitucionales, tratados y convenios que se han convertido en leyes secundarias impecables, pero cuyos resultados han tardado en ser tangibles. Ha supuesto un gran esfuerzo, de cada día, en muchos días, de las y los abogados litigantes para que el sistema protector y transformador se traduzca en casos concretos de justicia en favor de las mujeres.
Frente a esto, el patriarcado no ha sido pasivo en el siglo XXI. Los éxitos de la lucha jurídica del feminismo se han cuestionado al considerarlos parte de un movimiento más amplio. La famosa cultura woke. Se aduce que el liberalismo feminista, la lucha en contra del racismo, de la discriminación, de la homofobia, de la desigualdad social y de la laicidad atentan contra los fundamentos de la sociedad occidental que minan valores esenciales que destruyen una convivencia civilizada y nos conducen como especie al fracaso y la anarquía. Se dice que el relativismo moral es una forma de ignorancia y decadencia. Es el péndulo histórico, que opone a una tesis una antítesis en la pretensión de desvirtuar sus presuntos excesos y descalificarlos . Es la fuerza del conservadurismo, atizada por las tecnologías de la información, las opiniones sin fundamento y sobre todo la ausencia de un árbitro superior que pueda dirimir cuestiones. La irreflexión de los lugares comunes y el hate de actualidad que favorece cualquier postura extrema. Que aprovecha el hecho de que la radicalización ha suprimido el diálogo, el respeto y la existencia misma de un centro.
Frente a esta situación, el feminismo y el conservadurismo se enfrentan en un choque destructor. Los extremismos no comprenden, no toleran, buscan el exterminio de los contrarios y anulan el diálogo. Se sostiene que los hombres son ahora las víctimas de un movimiento, al que con desprecio han denominado el feminazismo. Esta situación es dolorosa pues no podemos dejar de observar una realidad que si, resulta inocultable: amparadas en el andamiaje legal que protege a las mujeres, algunas abogadas – si, mujeres colegas, aunque también abogados- han cometido un uso abusivo de los medios de protección. Con absoluta falta de ética han pe******do la sana intención de la norma. El caso típico es el de las órdenes de protección. Las solicitan con mentiras, con exageraciones, con trampas y trucos con los que buscan ganar dinero no usando -sino aprovechando- las normas en detrimento de los hombres. Así existe un buen número de profesionales del derecho que se aprovechan de los mecanismos protectores para amedrentar y obtener posiciones de ventaja procesal fundadas en falsedades o extrapolando criterios que en principio se justificaban en la idea de equilibrar las asimetrías del patriarcado.
El Poder Judicial, a todos los niveles, es una especie de Leviatán, el monstruo mítico que representaba el estado según Hobbes, que no mira ni oye y que avasalla a los gobernados en su actuar.
No, de ninguna manera propongo un retroceso ni una descalificación a una lucha larga y penosa. Pugno por revisar la actual situación con objetividad y sentido de lo justo. Advierto que podríamos perder lo ganado si no sabemos conducirlo por los canales adecuados. Lo último que las feministas debemos querer,es darle la razón argumentativa a nuestros detractores. Creo que debemos revisar nuestro actuar y debemos pugnar por varias reformas protectoras que tiendan a estándares probatorios medios que sin dejar de atender a la urgencia del casuismo comprueben mínimamente la existencia de la necesidad real de la protección. Que evalúen con cuidado los asuntos, pues cada uno tiene peculiaridades y entretelas específicas. Esencialmente dependemos del criterio de los juzgadores, y ello nos obliga a exigir que sean personas capacitadas, especializadas, con un número de casos razonables que les permitan conocer a fondo las causas y que sopesen las consecuencias de sus fallos. Eso resulta utópico en nuestra realidad, porque hay muy pocos juzgadores, porque carecen de ayuda de psicólogos, trabajadores sociales y tienen una carga de trabajo demencial que los convierte necesariamente en maquiladores de sentencias. Algunas absurdas que pervierten el ideal de justicia y que pintan a la lucha feminista como una fuerza absurda y negativa. Mi convicción a favor de la equidad y la justicia es inequívoca. Estoy convencida del ideal de una sociedad igualitaria, pero sé que todos los mecanismos sociales deben ser permanentemente revisados y corregidos con la participación de todos y todas. Creo en la reflexión y la ponderación de todos los elementos y la necesidad de su constante revisión y actualización. Debemos enfocar la lucha hacia puntos concretos con inteligencia, con espíritu democrático. Nadie tiene la razón en todo ni para siempre. La justicia es una construcción común, tuya, mía y de nosotros
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