06/07/2023
COLUMNISTAS
Paz
LUZ ERNESTINA MEJÍA
Empezaban los 80s, aquella llamada “década perdida” por la crisis de la deuda en Latinoamérica y la sobresaliente quiebra mexicana, cuando fueron insolventes para cumplir sus compromisos crediticios con organismos internacionales. Para muchos, inconscientes aun de los vaivenes financieros globales, era entonces el entorno, uno reducido e ingenuo, el que ocupaba todo nuestro sentir y pensar. Fuimos marcados por lo que vimos en otros, el irrespeto a sus derechos humanos. La verdadera década perdida para 184 familias y para toda la nación, sin que se enteraran tantos. El rechazo, la persecución y caza por pensar diferente, por soñar con un mundo justo, en el que la equidad no fuera una quimera y la realización individual y colectiva, lo lógico y natural. Algo que a algunos pareciera hasta el día de hoy, elementos de una película de ficción, las vidas cegadas por la sinrazón resultaron tener un nombre y un afecto. Y entonces como ahora, el rechazo a lo injusto e incorrecto pasó a ser eje transversal de nuestra existencia, vistiéramos de rojo o del blanco y azul de nuestra bandera. Siempre fue así, porque así se aprendió de los mayores, es solo que la conciencia llegó hasta cuando pasaba la niñez para entrar al mundo hostil en el que puede convertirse la vida. Y ahí estaban, recién llegados, con sus doctorados franceses, concitando admiración en unos, y la envidia de otros: Ernesto Paz Aguilar y su esposa, Liseth Rivera de Paz. Después les vendrían tormentas, penalidades inmerecidas, pero el doctor Paz no cambiaría: austero, amigo, coherente, sin dobleces. Aun cuando sus adorados líderes le fallaron. Humanista ejemplar. De los maestros de entonces es de los pocos que no nos defraudaron. Cubierto siempre por la abnegación de la compañera que tuvo la buena suerte de tener en la vida. Su condición de amante del conocimiento como de la Patria tocaron muchas vidas y su espíritu de superación continúa inspirándonos a creer que una Honduras mejor siempre es posible.