21/12/2025
Hasta hace poco a nadie se le ocurriría sostener seriamente que una denuncia formulada hoy contra una persona fallecida convierte automáticamente a esa persona en culpable. Si una mujer denunciara que el padre ya fallecido de Irene Montero cometió una agresión sexual continuada, ¿deberíamos creerla sin reservas, a pies juntillas, sin prueba alguna y sin posibilidad de contradicción? ¿Podríamos afirmar, sin género de dudas, que ese hombre fue un violador? La respuesta, desde cualquier mínima exigencia jurídica y moral, es evidente: no.
La razón es simple. El fallecido no puede defenderse, no puede contradecir, no puede aportar pruebas ni someterse a un juicio con garantías. Y precisamente por eso, en un Estado de Derecho, la responsabilidad penal se extingue con la muerte y la presunción de inocencia no desaparece con el fallecimiento.
Este principio no es un tecnicismo jurídico ni una concesión ideológica: es uno de los pilares básicos de cualquier sistema democrático. Nadie es culpable mientras no se demuestre lo contrario mediante un proceso con todas las garantías. Cuando el acusado ha mu**to, ese proceso es imposible. Convertir una acusación tardía en una condena moral automática no es justicia, es linchamiento.
Sin embargo, eso es exactamente lo que se está haciendo con Adolfo Suárez, cuatro décadas después. Se le acusa, se le señala y se le condena sin juicio, sin pruebas contrastadas y sin posibilidad alguna de defensa. No es un ejercicio de memoria histórica ni de reparación: es una operación política.
Irene Montero y sus acólitos utilizan estos ataques como cortinas de humo. El señalamiento retrospectivo de figuras históricas sirve para desviar la atención de escándalos actuales: corrupción, abusos, prácticas internas inconfesables. Atacar a un mu**to es seguro: no responde, no demanda y no incomoda en el presente.
El problema no es solo la injusticia cometida con una persona concreta, sino el precedente que se sienta. Si aceptamos que basta una acusación tardía para destruir la reputación de un fallecido, nadie está a salvo. Hoy es Adolfo Suárez; mañana, cualquiera.