02/04/2026
LA FLAGELACIÓN Y LA SENTENCIA DE MUERTE DE CRUZ
Pilato, el juez cobarde e injusto, más pendiente de sí que de hacer justicia, consintió el abuso del gentío. “Entonces tomó Pilato a Jesús y mandó que lo azotasen; y terminada la flagelación, los soldados del gobernador, tomaron a Jesús conduciéndole al Pretorio, reunieron en torno a Él toda la cohorte. Y habiéndole quitado sus vestidos, le envolvieron en una clámide de grana, y trenzando una corona de espinas, la pusieron sobre su cabeza y una caña en la mano derecha, y doblando la rodilla delante de Él, se mofaban diciendo: ‘Salud, rey de los judíos’. Y escupiendo en Él, tomaron la caña y le daban golpes en la cabeza” (Mt. 27, 27; Mc. 15, 15; Jn. 19, 1).
En el lamentable estado que los azotes y la coronación de espinas habían dejado a Jesús, unidos a la mofa y burla de la soldadesca, le toma Pilato y se dirige a la muchedumbre:
—Ved, os lo traigo fuera, para que conozcáis que no hallo en Él delito alguno.
Y presentando a Jesús, les dice:
—Ecce Homo (Ved aquí al hombre).
Al verlo, los pontífices y los ministros comenzaron a gritar, diciendo:
—¡Crucifícale, crucifícale!
Pilato les respondió:
—Tomadle vosotros y crucificadle, porque yo no hallo en Él causa ninguna.
Los judíos respondieron:
—Nosotros tenemos ley y según nuestra ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios.
Vuelve Pilato de nuevo a interrogar a Jesús, a solas, dentro del Pretorio:
—¿De dónde eres tú?
Pero Jesús no le dio respuesta ninguna.
Pilato, irritado, le dice:
—¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para crucificarte y poder para soltarte?
Entonces es cuando Jesús responde, con aquellas admirables palabras:
—No tendrías sobre mí poder ninguno, si no te hubiera sido dado de arriba. Por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor culpa.
A consecuencia de esto, los esfuerzos de Pilato se redoblaban, tendiendo a librarle. Pero los judíos gritaban diciendo:
—Si sueltas a éste no eres amigo del César, pues todo el que se hace rey se declara contra el César.
Este argumento debió pesar mucho en el ánimo de Pilato y, viendo ya que nada adelantaba, sino que arrecía el motín, tomando agua se lavó las manos en presencia de la muchedumbre, diciendo:
—Soy inocente de esta sangre. Vosotros lo veréis.
Y respondiendo todo el pueblo, dijo:
—Sea su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.
Era la Parasceve o preparación para la Pascua, cerca de la hora sexta, y dijo Pilato a los judíos:
—He aquí a vuestro rey.
Respondieron los pontífices diciendo:
—No tenemos más rey que al César.
Y entonces Pilato se lo entregó para que fuera crucificado (Mt. 27, 24 y ss.; Jn. 19, 16).
Con esto el proceso de Jesús quedó terminado. Y el mismo ha quedado magníficamente grabado en el celuloide en la película La Pasión de Cristo, estrenada en la Semana Santa de 2004, obra de Mel Gibson, cuya dureza -muy similar a la real- fue criticada por aquellos a los que no les irritan otras películas “irreales” de peores escenas que se ven.
El proceso a Nuestro Señor se plantearon muchas cuestiones.
En la primera presentación de Jesús ante Pilato, dos preguntas le hace éste, en su condición de juez. A la primera —“¿Tú eres el rey de los judíos?”— contesta Jesús con la afirmación. A la segunda, hecha en público —“¿No ves de cuántas cosas te acusan?”— Jesús responde con el silencio.
En la segunda presentación fueron tres las preguntas extrajudiciales que decidieron la causa de Jesús ante el tribunal humano: —“¿A quién queréis que os suelte?”, “¿qué queréis que haga de Jesús?”, “¿qué mal ha hecho?”—. Por tres veces responde el pueblo judío, azuzado por sus jefes, demandando la libertad para un asesino confeso y la crucifixión del inocente.
Antes de pronunciar la sentencia, el juez presenta el problema de la responsabilidad. Pilato, hipócritamente, trata de esquivarla.