13/12/2025
Santiago Álvarez de Mon
Ser independiente es una demanda, un sueño connatural al ser humano. Desde que nace y deja el seno materno, el bebé as--pira a ser autónomo, a valerse por si mismo. Más adelante el adolescente se ve inmerso en una batalla desigual entre sus aspiraciones a volar solo y la obediencia a la autoridad parental.
Esta brecha entre los sueños y la realidad explica la tensión típica de años donde todos, padres e hijos, son puestos a prueba. El argumento del siguiente capítulo gira en torno al trabajo, primeros sueldos, la libertad va cobrando peso progresivamente.
Aun así y todo, lo veros en la España de hoy, entre el nivel salarial y el precio de la vivienda, la emancipación total de los padres a veces se hace es-perar. En momentos de incertidumbre y prueba la familia se muestra como el mejor seguro de vida.
¿De qué independencia hablo?
¿Solo de la económica, ya no se necesita la paga, 'un empujón monetario?
No solo de ella, con ser importante.
Escribo también de independencia intelectual, el cultivo del pensamiento crítico, de una mirada incisiva, cu-riosa, atenta, abierta, a la realidad.
Eso pretendía Sócrates con la juventud ateniense. No le resultó gratis tal atrevimiento. El poder no quiere ciudadanos libres, independientes, está más cómodo con súbditos abo-regados que se pierden y difuminan en la masa, fáciles de manipular.
Hablo de independencia emocio-nal, la capacidad de gobernar nuestros sentimientos, nuestros estados de ánimo. No es tarea sencilla. Cuando decimos de alguien que nos saca de quicio, estamos reconociendo tácitamente que tiene el poder de influir en nuestro comportamiento.
Debilidad preocupante, abunda en todo tipo de foros y culturas. El desequilibrio emocional explica reacciones exageradas y primitivas.
Hablo de independencia moral, respetar un sustrato de valores que no son negociables. Principios de orden ético que inspiran nuestras respuestas a los desafios que la vida nos plantea. La búsqueda de la verdad como axioma central, y al servicio del mismo, virtudes como la humil-dad, la honestidad, la justicia, la soli-daridad, se van consolidando con el ejemplo.
Paradójicamente, a menudo que uno avanza en una línea ascendente de libertad e independencia perso-nal, más percibe su radical vulnera-bilidad. Ser independiente no significa ser indiferente, lejano, insensible a los requerimientos y necesidades del prójimo. Miembros de la comunidad a la que pertenecemos, el amor, la amistad, la confianza, la in-dependencia.. no nos inmunizan del dolor y el sufrimiento, pero nos preparan para un viaje apasionante. Alguien dijo sabiamente que nacemos originales, es cierto, somos genuinos, irrepetibles, un misterio a desvelar, y morimos fotocopias, traicionando la esencia de nuestro ser. Nuestra vocación no es ser ovejas de un rebaño domesticado, sino ciudadanos inde-pendientes, libres, responsables de nuestro destino.
Me pierdo en este tipo de digre-siones, ilusiones, dudas, mientras echo un vistazo al estado de la cuestión en dos disciplinas, economía, política, donde hay muchas cosas en juego. Empiezo por la cuestión eco-nómica. La relación entre el establishment empresarial y el poder político tiende a ser controvertida, siempre ha sido así. Dicho esto, ahora estamos inmersos en una fase especialmente delicada. En el máximo órgano de gobierno de la empresa, el consejo de administración, se sientan consejeros con el título de inde-pendientes. Muchos lo son, sin duda, pero otros distan mucho de comportarse como tales. Cuando los honorarios como consejero suponen una parte considerable de los ingresos económicos, cuesta más discrepar de la opinión dominante, formular una pregunta delicada, disentir del presidente. Siempre será más fácil retorcer los argumentos para justificar tu asentimiento a la tesis oficial, que ejercer una crítica constructiva, incluso sopesar una dimisión digna.
De profesión, consejero, carrera que puede constituir la cima de una imparable trayectoria profesional o el declive de personas apegadas excesivamente al status, al dinero. En España se han dado casos en los que al lado de consejeros que se han echado dignamente a un lado, ha habido otros, supuestamente independien-tes, cuyo silencio ha resultado ensor-decedor.
La política, en su actual deriva hacia la profesionalización, de vocación de servicio de los mejores a una carréra más, exhibe numerosos ejemplos. Del Congreso de los Diputados al partido, de éste a la administración local... así se va construyendo un currículum donde ser independiente te puede costar muy caro. Por eso es tan importante que haya vida fuera de las instituciones para las que trabajamos, se oxigena el ambiente interno. El Gobierno y los actuales socios que lo sostienen en el poder son un caso flagrante de lo contrario, mutua dependencia. Opinan de manera distinta sobre cuestiones de fondo y forma, la desconfianza preside sus relaciones. ¿Por qué no dimiten? ¿Por qué se limitan a amagar? La respuesta es bien sen-cilla. Si actuaran acorde con sus convicciones perderían el poder y todo lo que acompaña a éste. Radicalmente dependientes de los demás, aferrados al coche oficial, solo los más honrados, preparados, libres, se pueden permitir el lujo de desafiar al jefe. De la dependencia estructural al peloteo sumiso, ahí fuera puede hacer mucho frío.
Profesor en IESE