20/02/2026
Subir el SMI con la caja ajena: la realidad que no cabe en un titular
“Si no puedes, no eres ‘sólido’: el desprecio al pequeño empresario en una frase”
En los últimos días hemos escuchado a la vicepresidenta y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, afirmar que “si una pequeña empresa no puede pagar 37 euros más al mes a un trabajador, no es una empresa sólida”. Una frase que, más allá de su impacto mediático, refleja una preocupante desconexión con la realidad del tejido empresarial español, formado en su inmensa mayoría por microempresas, autónomos y pequeños negocios que sostienen el empleo en este país.
El debate no es si los trabajadores deben cobrar más. Nadie discute la necesidad de salarios dignos. El problema es cómo se toman las decisiones y, sobre todo, quién asume el coste real de esas medidas. Porque la subida del salario mínimo no son “37 euros”. Ese es solo el titular. La realidad es mucho más compleja.
Cuando sube el SMI, no solo aumenta el salario bruto. También lo hacen las cotizaciones a la Seguridad Social, los costes asociados, los arrastres sobre escalas salariales internas, las indemnizaciones, los complementos vinculados al mínimo y la presión fiscal indirecta. Para una gran empresa, esto puede diluirse. Para un pequeño comercio, un bar de barrio o un autónomo empleador, puede marcar la diferencia entre contratar o no hacerlo.
Por eso, la crítica de la patronal, de la CEOE, de CEPYME y de las asociaciones de autónomos no responde a una oposición ideológica al progreso, sino a una realidad económica: subir salarios sin aliviar los costes asociados equivale a hacer política con la caja ajena. Se anuncia la medida desde el poder, pero el pago efectivo recae sobre quien genera empleo.
Además, se ha instalado un discurso simplista que enfrenta a trabajadores y empresarios, cuando ambos forman parte del mismo sistema productivo. La mayoría de los pequeños empresarios no son grandes fortunas ni multinacionales. Son profesionales que arriesgan su patrimonio, adelantan impuestos, soportan burocracia creciente, cambios normativos constantes y una incertidumbre regulatoria que dificulta cualquier planificación.
Resulta especialmente llamativo que desde el Gobierno se ignore este contexto mientras se utiliza un tono moralizante que caricaturiza a la pequeña empresa como insolidaria. Sin embargo, la verdadera irresponsabilidad sería destruir el tejido productivo que sostiene el empleo, especialmente en sectores como la hostelería, el comercio o los servicios, donde el margen es reducido y la competencia feroz.
Si el objetivo es mejorar las condiciones laborales, la vía inteligente no pasa únicamente por subir el salario mínimo, sino por acompañar esas medidas con políticas coherentes: reducción de cotizaciones en los tramos bajos, incentivos reales a la contratación, simplificación administrativa y seguridad jurídica. Lo contrario genera un efecto perverso: menos contratación, más economía sumergida y mayor precariedad.
España necesita un debate laboral serio, sin eslóganes ni simplificaciones. Porque el empleo no se crea desde los titulares ni desde los platós de televisión. Se crea en miles de pequeñas empresas que, día a día, intentan sobrevivir en un entorno cada vez más exigente.
La frase “si no puedes, no eres sólido” no fortalece el mercado laboral. Solo demuestra una visión parcial y desconectada de la economía real. Y mientras se mantenga esta brecha entre quien legisla y quien paga, seguiremos repitiendo el mismo error: anunciar avances sociales sin medir sus consecuencias.
Porque al final, la verdadera solidez de un país no se mide por los discursos, sino por la capacidad de su tejido empresarial para generar empleo estable, riqueza y oportunidades. Y eso no se consigue gobernando desde una burbuja, sino escuchando a quienes están cada día al frente de una nómina.
Sergio R.