17/02/2026
Nunca pensé en ser abogada. Durante mucho tiempo me imaginé más cerca de la arquitectura o de la fotografía, de los espacios donde se diseña, se observa y se interpreta el mundo desde lo visual. El derecho no fue una elección vocacional temprana, fue una posibilidad real dentro del contexto que tenía. Y como ocurre con muchas decisiones que se toman jóvenes, al inicio no venía acompañada de sentido, sino de obligación.
Pasaron años antes de que pudiera reconciliarme con mi propia profesión. Años de tránsito por otras historias, por otros intereses, por etapas personales complejas, incluso por momentos de incomodidad profunda con la idea de ejercer el derecho sin encontrar un lugar donde encajar. No estaba en conflicto con estudiar leyes; estaba en conflicto con no saber cómo convertir eso en una herramienta que me representara.
Ese proceso coincidió con muchas otras búsquedas. Con la necesidad de entender quién era, qué estaba dispuesta a sostener y bajo qué reglas quería vivir. Siempre he sido una persona orientada al liderazgo, incluso antes de tener claro cómo nombrarlo. Liderar, para mí, nunca fue ocupar un lugar visible, sino asumir responsabilidad sobre mis decisiones.
Cuando llegué a la propiedad intelectual y al derecho societario, no lo sentí como un descubrimiento romántico, sino como una certeza práctica. Entendí que ahí podía trabajar con ideas, con negocios y con personas que están construyendo algo propio. Entendí que podía aportar estructura, orden y proyección. Y, sobre todo, que podía ejercer el derecho desde la creación y no solo desde el conflicto.
Desde entonces, muchas piezas empezaron a acomodarse. La mentoría apareció como consecuencia natural de observar procesos, errores repetidos y oportunidades mal aprovechadas. La televisión y los espacios de opinión se convirtieron en plataformas para sostener criterio y liderar conversación, no en escenarios de exposición. Mi trabajo dejó de sentirse fragmentado y empezó a responder a una misma lógica.
La maternidad terminó de ordenar todo. No desde la idealización, sino desde la exigencia. Me volvió más consciente del tiempo, más selectiva con mis batallas y más clara con el tipo de vida que quiero que mi hija vea como referencia. Mi deber no es acompañarla siempre, sino formarla para que pueda caminar sola.
El campo, los caballos, los momentos de silencio, la lectura, el vino, la música flamenca y los viajes por carretera no son escapes. Son parte de la misma estructura. Espacios donde pienso, decido y reafirmo quién soy. La disciplina que exigen los caballos es la misma que aplico al ejercicio profesional. El vino es cultura, conversación y networking. La filosofía me recuerda que incomodarse también es una forma de crecer.
No todas las historias profesionales comienzan con certeza. Muchas comienzan con duda, con incomodidad y con la sensación de estar fuera de lugar.
Esto es una muestra de que el sentido también se construye. De que es válido cambiar de perspectiva, redefinir el camino y encontrar, con el tiempo, una manera propia de ejercer la profesión y de habitar la vida.