30/09/2025
En honor a los buenos Padres
A lo largo de la vida, los padres entregan su amor, su tiempo y hasta sus fuerzas para dar lo mejor a sus hijos. Muchos sacrifican sueños, horas de descanso, incluso bienestar personal, por ver a sus hijos crecer, estudiar, alimentarse y tener oportunidades que ellos mismos quizá nunca tuvieron.
Pero llega un momento triste y doloroso en que algunos hijos se olvidan. Se olvidan de quién los sostuvo cuando no sabían caminar, de quién los cuidó cuando enfermaron, de quién los defendió en silencio y los apoyó incluso cuando no lo merecían. La ingratitud no siempre se muestra con palabras duras, a veces basta con el abandono, el desinterés o la indiferencia. Dejan de llamar, de visitar, de escuchar. Y lo peor, llegan a tratar a sus padres como si fueran una carga, como si su existencia ya no tuviera valor.
Ser hijo ingrato no es solo una falta de amor, es una traición a la memoria, a la sangre, al sacrificio. Es vivir como si se hubiera nacido por obra del azar, ignorando que detrás de cada logro hubo alguien que primero creyó en ti, incluso cuando tú no creías en ti mismo.
Los padres no son eternos. Y cuando ya no estén, muchos hijos desagradecidos cargarán con la culpa de no haber dicho "gracias", de no haber estado, de no haber valorado. Entonces, comprenderán pero tal vez demasiado tarde que un padre o una madre no se reemplaza, y que el tiempo que se deja pasar ya no se recupera.
La gratitud hacia los padres no es una obligación, es una muestra de humanidad, de nobleza y de madurez. Porque quien no sabe honrar a quien le dio la vida, difícilmente sabrá construir relaciones sanas y verdaderas en su propio camino.
Licda Arleen Lewis Colville
Derecho a la familia