06/02/2019
Reseña Historica.
Hacia 1884, San José era un puñado de cafetales desperdigados por un valle y sin siquiera un teatro que hiciera de joya de la corona.
Era un pueblo iluminado con canfín, cabecera de una provincia con apenas 50.000 habitantes. Ahí, en ese potrero en penumbras, dos hombres pusieron a trabajar una pequeña planta hidroeléctrica.
Para hacerlo, desviaron unas cañerías que alimentaban una pileta destinada a refrescar a los bueyes que llegaban a la capital.
El primer capítulo de la electricidad en nuestro país puede resumirse en eso: dos tipos robándole agua a una boyada para encender 25 bombillas.
Costa Rica era entonces un país joven donde se permitían las quijotadas. El primer cargamento de bananos había salido de puerto Limón cuatro años antes con destino a Noruega y, durante el resto de la década, se inaugurarían la Biblioteca Nacional, el Liceo de Costa Rica y el Colegio de Señoritas. La ambiciosa reforma educativa de 1886 era todavía un proyecto que se paseaba en unas cuantas mentes.
A ese rincón regresó, en 1882 y tras un viaje a Estados Unidos, el costarricense Manuel Víctor Dengo, a quien la Universidad de Santo Tomás le había otorgado unos años atrás el primer título de ingeniero mecánico del país. Venía de ver la luz tranquila que ofrecía la estación eléctrica de Pearl Street, instalada por Thomas Edison en Nueva York.
Tras volver a Costa Rica, Dengo seguramente miró por muchas noches las lámparas de hierro alimentadas con canfín, ubicadas a 50 metros una de otra, que un encargado llegaba a encender a diario con una mecha en llamas. Debió de ser así porque, en julio de 1882, el gobierno le concedió el derecho exclusivo de desarrollar en el país la luz eléctrica.
Así empezó el camino eléctrico en Costa Rica: un poco de antojo, otro de envidia, un manojo de emprendedurismo y un piñazo de ganas. Dengo se alió con el guatemalteco Luis Batres, quien era el dinero y los contactos, y juntos fundaron la Compañía Eléctrica de Costa Rica.
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