27/01/2026
Lo que nadie entendió antes del feminicidio de Érica Jimena Barón en Tunja: Una lectura victimológica desde la psicología forense
La violencia intrafamiliar contra la mujer constituye una de las expresiones más graves de la desigualdad de género y una problemática persistente en las sociedades contemporáneas. Desde la psicología forense y la victimología, este fenómeno no puede explicarse únicamente a partir de decisiones individuales, sino como el resultado de la interacción entre factores psicológicos, relacionales, culturales y estructurales. La evidencia científica ha demostrado que la violencia de género se inscribe en sistemas de creencias patriarcales que legitiman el control sobre la mujer y normalizan la agresión como mecanismo de regulación de la relación (Heise, 1998; ONU Mujeres, 2020). En este contexto, la víctima no es responsable de la violencia que padece, sino una persona que experimenta un proceso progresivo de victimización. Este proceso implica la internalización del miedo, la dependencia emocional y la restricción de la autonomía, factores que dificultan la ruptura de la relación violenta. La psicología forense permite comprender estas dinámicas no como “debilidades”, sino como respuestas adaptativas a un contexto de amenaza constante (Walker, 1979; Dutton & Goodman, 2005).
El caso de Érica Jimena Barón ilustra con claridad la complejidad de la victimización en contextos de violencia intrafamiliar. Según testimonios recogidos por las autoridades y vecinos, la víctima había advertido previamente sobre la violencia ejercida por su expareja; sin embargo, continuó manteniendo contacto con él, situación que culminó trágicamente con su as*****to. Visto a la ligera, este tipo de hechos suele interpretarse como una “decisión incomprensible” de la víctima. No obstante, la psicología forense ofrece una explicación más rigurosa: la permanencia en una relación violenta se vincula con fenómenos como la indefensión aprendida, el vínculo traumático y el ciclo de la violencia (Walker, 2012), que generan una percepción distorsionada del riesgo y una esperanza persistente de cambio en el agresor (Seligman, 1975; Walker, 1979; Herman, 1992). Estos procesos psicológicos se ven reforzados por factores sociales como la presión familiar, la dependencia económica y la ausencia de redes de apoyo, lo que convierte la violencia en un fenómeno progresivo y silencioso.
Las características psicológicas de las mujeres víctimas de violencia intrafamiliar no deben interpretarse como rasgos patológicos, sino como consecuencias del maltrato prolongado y sistemático. Diversos estudios han evidenciado que las víctimas suelen presentar afectación en su, ansiedad, depresión, trastornos psicosomáticos y síntomas de estrés postraumático, lo que afecta su capacidad de toma de decisiones y su percepción de la realidad (Herman, 1992; WHO, 2013). Asimismo, la ambivalencia afectiva hacia el agresor constituye una de las dinámicas más difíciles de comprender desde fuera de la relación violenta. La alternancia entre episodios de agresión y momentos de arrepentimiento o afecto (ciclo de violencia) genera un reforzamiento intermitente que fortalece el vínculo emocional con el agresor (Dutton & Goodman, 2005). Desde la victimología, estas características no son causa de la violencia, sino evidencia del impacto psicológico de la dominación y el control coercitivo, concepto que describe la estrategia sistemática del agresor para restringir la libertad y autonomía de la víctima (Stark, 2007).
La vulnerabilidad victimológica de las mujeres no es una condición inherente, sino el resultado de factores individuales, relacionales y estructurales que interactúan entre sí. Entre los factores individuales se encuentran antecedentes de violencia en la infancia, baja escolaridad, embarazo, dependencia económica o aislamiento social; entre los relacionales, destacan los celos patológicos, el control extremo, las amenazas y la escalada progresiva de la violencia; y entre los factores estructurales, la pobreza, la impunidad y la debilidad institucional en la protección de las víctimas (Heise, 1998; WHO, 2013). La literatura científica ha señalado que el momento de la separación o la intención de romper la relación constituye uno de los periodos de mayor riesgo de feminicidio, debido a que el agresor percibe la pérdida de control como una amenaza a su identidad y poder (Campbell et al., 2003). En este sentido, el feminicidio no es un acto impulsivo, sino el resultado extremo de una cadena de violencias normalizadas y no intervenidas oportunamente.
Desde la psicología forense, el análisis de casos como el de Érica Jimena Barón permite comprender que el feminicidio no surge de manera repentina, sino que es precedido por múltiples señales de alerta: amenazas, episodios de violencia física, aislamiento, control económico y deterioro progresivo de la salud mental de la víctima. La investigación empírica ha demostrado que la mayoría de los feminicidios están precedidos por denuncias previas o por indicadores claros de violencia de pareja, lo que evidencia fallas en los sistemas de detección temprana y protección (Campbell et al., 2003; ONU Mujeres, 2020). La victimología crítica subraya que la responsabilidad no recae en la víctima, sino en una estructura social que minimiza la gravedad de la violencia de género y en instituciones que, en muchos casos, responden de manera tardía o insuficiente. Comprender estas dinámicas es fundamental para desmontar discursos que culpabilizan a las mujeres por permanecer en relaciones violentas y para promover una mirada más empática, científica y preventiva.
En conclusión, la violencia intrafamiliar y el feminicidio deben entenderse como fenómenos sociales complejos que requieren una respuesta integral basada en la prevención, la educación y la intervención temprana. Desde la psicología forense, es imprescindible reconocer que las características psicológicas de las víctimas son el resultado del daño sufrido y que las condiciones de vulnerabilidad son producidas por contextos de desigualdad y control. La evidencia científica demuestra que la identificación temprana de señales de violencia, el fortalecimiento de redes de apoyo y la actuación oportuna de las instituciones pueden salvar vidas (WHO, 2013; ONU Mujeres, 2020). Por ello, este análisis invita a transformar la mirada social sobre la violencia contra la mujer: denunciar no es un acto de debilidad, sino de supervivencia; intervenir no es una opción, sino una responsabilidad colectiva. La prevención del feminicidio comienza con la comprensión profunda del proceso de victimización y con la decisión ética y social de no normalizar ninguna forma de violencia.