03/10/2025
Título sugerido: “Mientras callan, seguimos en la sombra: el silencio asesino frente al problema de género en la profesión jurídica”
Por: Gicol Vanessa Aparicio
Desde hace mucho tiempo, las abogadas cargamos con una carga invisible e inmensa: no solo representamos a otros ante el derecho, sino que debemos luchar por que el derecho tampoco nos ignore. Pero el silencio y la omisión institucional nos ahogan. El reciente caso viral —cuyo estremecedor contenido recordaré a todas las lectoras y lectores— vuelve a poner sobre la mesa una pregunta brutal: ¿por qué las mujeres que ejercemos el derecho no somos vistas como sujetos plenos de derechos?
1. El enfoque diferencial de género: un derecho, no un favor
Hablar de enfoque diferencial de género no es usar “palabras bonitas” ni una concesión política: es reconocer que el sistema legal, judicial e institucional no es neutro. Fue diseñado históricamente bajo estructuras patriarcales que invisibilizan experiencias, riesgos y violencias propias de las mujeres. Sin ese enfoque, las mujeres quedan literalmente fuera de los márgenes de protección.
Si no se contemplan nuestras realidades —la violencia, el acoso, la discriminación salarial, la doble jornada, el temor a represalias—, el sistema legal simplemente nos falla. Pero más grave aún: nos condena a la desprotección.
2. Las abogadas como víctimas invisibles
Que una abogada —alguien educada, formada, que conoce el sistema— sea víctima de violencia, intimidaciones, agresiones o amenazas, es una paradoja brutal. Pero sucede. Y muchas veces esas agresiones provienen de colegas, de operadores del sistema o de poderes que temen su voz.
¿Que el Estado promueva justicia para otras profesiones, pero permanezca impasible frente a sus propias funcionarias o frente a profesionales del derecho que denuncian irregularidades? Eso no es neutralidad: es complicidad.
Somos mujeres en un espacio masculinizado.
Somos denunciantes que pueden ser estigmatizadas.
Somos profesionales con temor a represalias institucionales.
Y somos ciudadanas que nos vemos obligadas a suplicar para que se nos reconozca lo corriente: derecho a la integridad, a la protección, al respeto.
3. El silencio institucional como mecanismo de muerte
No hay peor violencia que la que se legitima con el silencio oficial. Cuando las entidades del Estado (ministerios, instituciones jurídicas, colegios de abogados, órganos de control) no actúan, no investigan con celeridad, no tipifican adecuadamente amenazas o no sancionan, están permitiendo que las agresiones se normalicen.
Ese silencio es cómplice, es corrosivo. Y no es pasivo: es estructural. Al no ejercer políticas claras de protección diferencial, al no capacitar con perspectiva de género en las entidades jurídicas, al no sancionar a agresores incluso cuando son operadores del sistema, el Estado está construyendo un techo de impunidad.
4. Claves para una reforma urgente
Para que esta realidad cambie, este debe dejar de ser un discurso simbólico y traducirse en medidas reales:
1. Tipificación clara de las agresiones a abogadas (amenazas, intimidaciones, interferencias profesionales) como formas de violencia de género.
2. Protocolo institucional de protección con perspectiva de género para profesionales del derecho que denuncien irregularidades o estén amenazadas.
3. Capacitación obligatoria y continua en enfoque de género para funcionarios, jueces, fiscales, abogados del Estado y servidores públicos.
4. Un sistema ágil e independiente de denuncia y seguimiento (fuera de la estructura jerárquica que puede ser cómplice) con medidas de protección inmediatas.
5. Visibilización sistemática de los casos, con datos oficiales públicos desglosados por s**o, profesión, región, entidad implicada.
6. Sanciones ejemplares frente al personal del Estado que actúe con negligencia, omisión o complicidad.
5. Nuestra voz, nuestra fuerza
No podemos seguir siendo “el otro” en nuestro propio campo. No podemos tolerar que una profesión dedicada al derecho permanezca en la sombra cuando a quienes la ejercen se les vulnera. Tenemos derecho a exigir que se reconozca nuestra condición de sujetas de derechos plenos. A que nadie, en ningún escritorio, en ninguna entidad estatal, pueda actuar con impunidad si vulnera a una mujer abogada.
Que una noticia terrible nos ponga los pelos de punta no sea sólo motivo de indignación momentánea. Que sea un llamado, fuerte, para que transformemos el silencio en exigencia. Para que reformemos las estructuras, para que no se repita, para que ninguna abogada tenga que seguir pidiendo protección como limosna: exigiéndola como derecho.