21/05/2026
Elecciones en manos de exconvictos
Dicen que en Colombia lo increíble dura poco porque enseguida se vuelve costumbre. Y aquí estamos otra vez: confiando las elecciones de la república a una estructura privada rodeada de viejos fantasmas judiciales, mientras el país discute memes, bailes y coreografías.
Los hermanos Bautista Palacio, mencionados en expedientes judiciales de Estados Unidos por fraudes bancarios en los años ochenta, aparecen históricamente vinculados al grupo controlador de Thomas Greg & Sons, empresa que ha hecho de la contratación estatal una larga especialidad. Y adivinen a quién terminan contratando para contar los voticos de la democracia.
En cristiano: quienes fueron relacionados con estafas a bancos gringos —no cualquier banco, bancos gringos— aparecen hoy orbitando el negocio de contar votos en Colombia. Es como poner a un ratón a cuidar el queso y luego pedirle certificado de transparencia.
Terminamos otra vez dependiendo de firmas privadas para asuntos que deberían ser sagrados: los votos de los ciudadanos.
El registrador Hernán Penagos dice que no hace falta tanta alarma, que todo está bajo control, que no se necesita auditoría forense del software electoral con todas las de la ley. Traducido al castellano: “confíen”. En Colombia siempre piden confianza quienes administran lo que no muestran.
¿Y qué es el famoso código fuente? En cristiano: la receta del programa. Las líneas de instrucciones que le dicen al sistema cómo sumar, cómo transmitir, cómo ordenar, cómo reportar resultados y cómo reaccionar ante errores. Lo que uno ve en pantalla es la vitrina. El código fuente es la cocina.
Si la cocina permanece cerrada, el ciudadano solo puede oler desde afuera y esperar que no lo envenenen.
Nadie serio pide subirlo a internet como folleto parroquial. Lo que se exige es una auditoría forense real: expertos independientes, revisión profunda, trazabilidad de cambios, pruebas técnicas, cadena de custodia digital. Lo mínimo cuando se trata del voto popular.
Y se han escuchado rumores de reuniones del equipo de Abelardo de la Espriella, promesas de contratos de pasaportes y conversaciones sobre “torcer” software electoral. Rumores, precisamente, que en una democracia sana deberían disiparse con una sola medicina: auditorías serias, públicas y verificables.
Por eso hacen falta controles reales. Y por eso resulta grave que se minimice el debate. El propio Consejo de Estado ya advirtió en decisiones pasadas la necesidad de mayores garantías y trazabilidad sobre los sistemas electorales.
Pero aquí preferimos la liturgia tropical: ruedas de prensa, comunicados tranquilizadores y funcionarios ofendidos porque alguien osa pedir transparencia.
Mientras tanto, la campaña avanza y lo visible no parece precisamente una marea conservadora. Iván Cepeda llena plazas. Aída Quilcué convoca multitudes. Del otro lado, unos amenazan con sacar hasta la última piedra en nombre del extractivismo y otros hacen el ridículo bailando como si la presidencia fuera concurso de talentos.
De modo que la preocupación no es paranoica. Si las encuestas fallan, si las plazas hablan distinto, si el entusiasmo popular se mueve hacia el progresismo, más vale que las elecciones no queden convertidas en una caja negra administrada por contratistas intocables.
Porque en este país, cuando todo depende de confiar, conviene desconfiar.
Y si desde la autoridad se dice que en ningún país del mundo se revisa o verifica el código fuente, no solo se exagera: se desinforma. En muchas democracias existen mecanismos de auditoría técnica, acceso controlado o supervisión independiente.
Si la cocina no se deja revisar, el problema no es la curiosidad del comensal. El problema es lo que estén preparando adentro.
Solo Diosito, y dos millones de testigos electorales, impedirán que le roben el triunfo al voto ciudadano.
Por Justicia & Dignidad / Periodismo independiente e investigativo