09/11/2025
Una pequeña reflexión —respuesta a un infame—
Preocupan, con razón, los hechos ocurridos en Tunja. No solo por la excepcionalidad de la violencia en una ciudad históricamente cívica, ilustrada y pacífica, sino por el uso político que algunos pretenden hacer del miedo, como si el terror fuese una herramienta legítima de persuasión o de conquista de opinión.
Sin embargo, resulta jurídicamente impropio y éticamente reprochable que desde ciertos sectores se pretenda señalar, sin evidencia alguna, a la llamada “derecha” —o a cualquier corriente ideológica— como responsable de un atentado cuyos móviles aún no han sido esclarecidos. Tal afirmación no solo es desatinada, sino también contradictoria, pues proviene de quien en otrora se valió de esas mismas huestes para abrirse paso en la arena política.
Ese tipo de imputaciones ligeras no son propias de un hombre de Estado ni de un demócrata genuino. Por el contrario, degradan el debate público, erosionan la confianza ciudadana y vulneran los principios de objetividad, prudencia y respeto que deben inspirar la función pública y la deliberación política. En un Estado de Derecho, la verdad no se impone por decreto ni por mensaje de texto: la verdad se prueba. Cuando la política sustituye la evidencia, la justicia deja de ser imparcial y se convierte en instrumento del poder.
La noble en hidalga ciudad de Tunja merece respeto. No puede ni debe ser usada como laboratorio de narrativas prefabricadas que buscan dividir a los ciudadanos entre buenos y malos, entre fieles y disidentes, entre quienes “piensan correcto” y quienes no. La verdad requiere investigación seria, resultados verificables y liderazgo institucional, no discursos incendiarios ni manipulación mediática.
Asi las cosas, la capital boyacense, cuna del pensamiento libre y de la educación pública, debe seguir siendo ejemplo de civilidad democrática. Que el miedo no se imponga, ni desde las armas ni desde las redes sociales. Porque cuando el miedo gobierna, la libertad se exilia.