04/09/2026
A Matías no lo estafó un simple hacker. Lo estafó una empresa con más de 250 trabajadores y con un presupuesto de marketing en Facebook altísimo.
En diciembre de 2023, Matías se inscribió en una plataforma de inversión que ofrecía invertir en litio y cobre chileno.
Para entrar le pidieron lo mismo que podría pedir una empresa tradicional y formal. Firmó un contrato, le asignaron un número de usuario y le entregaron un ticket de depósito codificado para transferir la inversión a una cuenta corriente en Banco Santander.
La empresa estaba a nombre de una sociedad chilena de inversión, con RUT, inicio de actividades y constituida legalmente.
Matías invirtió $88.000 chilenos, aproximadamente 100 dólares según el tipo de cambio de ese día.
Le dijeron que tenían convenio con Banco Santander y Banco Falabella, y que los depósitos solo se podían hacer desde esos bancos.
Después le pidieron instalar una aplicación en su celular, AnyDesk, supuestamente para guiarlo y para que pudiera hacer seguimiento de cómo iba su inversión.
Esa aplicación era la llave.
A partir de ahí ya no hizo falta que Matías hiciera nada.
A mediados de diciembre se cursó un crédito de consumo a su nombre por $30 millones. Él no lo pidió ni lo autorizó.
Se hicieron dos avances en efectivo por casi $6 millones y, una semana más tarde, otros dos avances en efectivo por $10 millones.
Esa plata, más $50 millones que Matías tenía ahorrados, salió directamente a las cuentas de esta supuesta empresa de inversión.
Más de $100 millones en menos de 11 días, en operaciones que él nunca pidió y nunca autorizó.
Durante los dos años siguientes, la conversación siempre fue sobre Matías.
Sobre qué hizo Matías.
Sobre cómo lo engañaron.
Sobre por qué invirtió esos 100 dólares.
Sobre por qué descargó esa aplicación.
Sobre qué cosas tenía que haber hecho distinto.
Pero nadie le contó contra quién se estaba enfrentando.
Porque Matías se enfrentaba a una organización criminal con integrantes israelíes, mexicanos y colombianos, que tenía seis oficinas en Medellín.
Esta empresa tenía contratos de arriendo, nómina, pasarelas de pago contratadas y metas mensuales que sus trabajadores tenían que cumplir.
Aproximadamente 250 personas trabajaban en esas oficinas.
Cada mesa tenía un jefe.
Cada área tenía un manager.
Había bonos de recaudación y bonos de cierre.
Y tenían dos áreas muy específicas.
La primera era la que te llamaba para que abrieras una cuenta de inversión en esta supuesta empresa. Te ofrecían comenzar desde 100 o 200 dólares, como ocurrió con Matías.
Cuando abrías la cuenta, te pasaban a la segunda área.
Se llamaba área de retención.
Su trabajo era uno solo: conseguir que los clientes pusieran más y más plata.
Primero sacaban los ahorros.
Después pedían créditos a su nombre sin que las víctimas se dieran cuenta.
Ahora viene la parte que nadie se espera.
Los más de $100 millones que salieron de la cuenta de Matías salieron de su cuenta en Banco Santander y entraron a otra cuenta en el mismo Banco Santander, a nombre de una sociedad de papel que utilizaba esta organización criminal para operar en Chile.
La sociedad, apenas se constituyó, abrió inmediatamente una cuenta corriente empresa en ese banco.
Al día siguiente recibió los $100 millones de Matías y miles de millones de pesos más provenientes de otras víctimas.
No tenía trabajadores.
No tenía proveedores.
Tampoco registraba ventas.
Solo era dinero entrando y saliendo.
Salía de las cuentas de las víctimas, entraba a la cuenta de la empresa de papel y terminaba en esta organización criminal con sede en Colombia.
Y lo peor no viene ahí, pero creo que eso da para otra historia.
Ese mismo banco, sabiendo todo esto y existiendo una investigación en curso, firmó pagarés a nombre de Matías y con esos pagarés lo demandó ejecutivamente.
Matías llegó a tener tres propiedades embargadas y una fecha de remate fijada para agosto de 2026.
Por razones de seguridad evidentes, no di los nombres de las empresas de inversión.
Acá nos cuidamos todos.