23/03/2026
“Venimos arrancando de una guerra civil, solo pedimos una oportunidad para nuestros hijos”. La frase resume la realidad de muchas familias haitianas que hoy viven en Colina y enfrentan un escenario crítico.
No hay cifras oficiales, pero su presencia es visible hace al menos diez años. Están en bencineras, construcción, transporte y servicios. Trabajan, se organizan, crían a sus hijos en la comuna.
Hoy todo eso está en riesgo.
El desalojo de la toma “Israel”, a un costado de la cárcel de Colina, dejó de ser una amenaza lejana. El plazo avanza y con él la incertidumbre. En ese lugar, muchos haitianos levantaron una estabilidad precaria, pero real.
No niegan la irregularidad. Tampoco piden vivir gratis. Plantean algo básico: una salida ordenada. Dicen que quieren pagar luz, agua, acceder a vivienda formal. Sus hijos estudian en Colina. Ellos trabajan ahí. No quieren perderlo todo.
El temor no es solo el desalojo. Es el después.
Perder el trabajo por distancia. Sacar a los niños del colegio. Volver a empezar desde cero.
Ser haitiano en Chile no es fácil. Idioma, discriminación, precariedad. Y ahora, además, el peso de ser mirados como sospechosos por vivir en una toma.
“Somos gente honrada que quiere trabajar”, insisten.
Pero el clima es otro. La demanda por seguridad domina y los matices desaparecen.
El desalojo probablemente ocurrirá. La diferencia estará en cómo.
Porque sin una solución real, no hay orden: hay desplazamiento.
Y en Colina, ese desplazamiento ya tiene rostro. Familias que no piden privilegios. Solo no ser empujadas, otra vez, al vacío.