16/08/2026
Los siete granaderos
Autor: Luis Alberto Acuna
Hay una hora en la mañana en la que la niebla que cubre Buenos Aires como un tul, se va disipando para mostrar de a poco las cúpulas de las grandes iglesias barrocas y la catedral. Mientras la ciudad va despertando, con los carruajes sonando sobre el empedrado, el cabildo de pronto asoma como un navío silencioso que ha perdido su carga y navega sin rumbo, a punto de encallar.
Allí, de pie en medio de la plaza un grupo de hombres espera. Se oye desde el puerto, la lejana sirena de un barco. Dan la impresión de haber salido de una batalla.
Sus viejos uniformes azules, ya no tienen el tono original, y han derivado a un color indefinido, donde las manchas se confunden con algunas roturas mal disimuladas. El barro en sus zapatos se ha secado, y falta algún que otro botón en las chaquetas.
Uno de ellos lleva una trompeta.
Su rostro cetrino, denota una ascendencia indígena. Se llama Miguel Chepoyá, y pertenece al regimiento de granaderos a caballo. Chepoyá fue unos de los 300 guaraníes que llamados por el General, se incorporaron al ejercito de los Andes. Y el único que volvió.
Los otros siete que lo acompañan, han pasado al igual que él por todas las batallas de la independencia. Allí están el Coronel José Félix Bogado, el que juntó a los sobrevivientes y los condujo en una marcha que duró meses desde el Alto Perú. Estan Rojas, Rosales, Gómez, Vargas y Francisco Olmos. De los más de mil hombres que habían iniciado el cruce de los Andes, solo volvieron setenta y ocho sombras andrajosas. Y tres traidores.
Pero de esos setenta y ocho, solo ellos siete estaban desde la primera hora.
Chepoyá había nacido en la reducción de Santa María la Mayor, en el seno de las Misiones. Se incorporó al regimiento como trompeta de caballería o trompeta de órdenes y fue él quien en la batalla de San Lorenzo, tocó la orden de carga sin parar, cuando vio al general abatido bajo su caballo.
Del trompeta dependía que las órdenes del general se transmitieran en medio de la batalla. En medio del fragor de la carga enemiga, ante el estruendo de la caballería y los disparos, el trompeta debía permanecer firme.
Cada orden del general, debía ser trasmitida con precisión, sin que diera lugar a equivocación alguna. Uno era el toque para la marcha y otro para la orden de alto, otro el toque para el avance de la caballería y otro para el toque a degüello.
De la precisión y firmeza del trompeta de órdenes dependía la vida de miles de hombres. Varias veces había tenido que tocar Chepoyá el toque a degüello, que significaba avanzar sobre las tropas enemigas sin ningún miramiento, sin tomar prisioneros. Desde Chacabuco a Junín, desde Moquegua a Ayacucho, Chepoyá hizo sonar su trompeta dirigiendo la batalla.
En esa mañana su memoria viajaba hacia esas lejanas tierras y volvía a sentir piafar de los caballos, y el tintineo de los sables. En Cancha Rayada, en la oscuridad de la noche, cuando la campaña estuvo al filo del desastre, sonó su trompeta llamando a reunión, alejando a lo que quedaba del ejército de las tropas enemigas.
En Moquegua; ya en el Alto Perú, la derrota fue total. Perdieron allí más de setecientos hombres y de no haber sido por la el general Lavalle , que arremetió una y otra vez durante veinte cargas a los realistas que lo superaban en número , hubieran mu**to allí , en medio de aquellas áridas montañas.
Y luego de la derrota, la huida por mar intentando llegar al Callao en dos bergantines que naufragaron antes siquiera de llegar a Pisco. Dos días vagaron por el desierto con Lavalle a la cabeza intentando salir de ese laberinto de arena.
Y cuando ya daban todo por perdido, aparecieron los húsares enviados a su rescate. Tarde llegaron. Más de cien compañeros quedaron en esas arenas infames.Todo eso pasaba por la mente del sargento, mientras miraba el ligero resplandor que anunciaba la salida del sol por el lado del río.
Francisco Olmos era otro de los bravos. Nacido en Catamarca, su pasión por los caballos y esas ansias de probar su coraje lo llevaron también a enrolarse tempranamente en el recién nacido cuerpo de Granaderos.
Había sido herido varias veces, y cada una de ellas había regresado. Como un espectro que regresa de la muerte. En Ayacucho el mismo Bolívar tuvo que dar fe de la bravura y el coraje de Francisco Olmos.
-Llegaron a tiempo - dijo uno de los hombres - sabía que podía contar con ustedes
-No podía ser de otra manera - respondió Olmos.
El que había hablado era el Coronel Bogado, el paraguayo que luego de haber sido secuestrado y liberado por los realistas, se había unido a los granaderos luego de la batalla de San Lorenzo.
A él le había tocado la tarea más difícil. Tras el motín del Callao, donde varios de sus compañeros de armas habían decidido arriar la bandera de las provincias unidas para pasarse al bando realista, con la consiguiente pérdida del fuerte, le tocó a él salvar la honra del regimiento.
Por eso habían traído consigo a los tres traidores. No fue fácil hacer la travesía de vuelta a su tierra, con tres prisioneros. Tres prisioneros que habían peleado junto a ellos, que como ellos habían sufrido el hambre, el frio y las descargas del enemigo.
Pero el General era muy claro en esas cosas.
Jamás un granadero debía bajar la cabeza en la batalla. Y mucho menos amotinarse o desertar. Eso era imperdonable. Por eso tuvo que hacer lo que hizo, y estaba tranquilo con ello. Pero todavía lo perseguía el recuerdo de esos tres, que cruzaron la cordillera de vuelta a la patria con grilletes en los pies y la deshonra en los rostros. Los ahorcaron en la Plaza. Traición a la patria fue la sentencia.
—Recuerda usted la carga de Riobamba?— preguntó Paulino Gómez sacándolo de esos recuerdos poco gratos— fue como cabalgar hacia el mismo in****no. Éramos ochenta contra más de cuatrocientos…
—Pero teníamos a Lavalle — observó el coronel
—Sí, es verdad, teníamos a Lavalle.
— ¿Habrá valido la pena todo eso?— preguntó Vargas como si supiera lo que su jefe estaba pensando
—Valió la pena, Vargas, no lo dude—respondió el coronel — gracias a eso tenemos Patria.
—A veces pienso—insistió Vargas — que por cómo nos recibieron y nos han olvidado, hubiera sido mejor morir en batalla.
—Todos morimos en batalla— terció Olmos— aunque hayamos vuelto. Solo somos fantasmas del pasado.
El coronel Bogado asintió .La sirena volvió a escucharse, en el amanecer esta vez mucho más cerca.
—A usted también lo enviaron a combatir con los indios?— quiso saber Francisco Olmos
—Como a la mayoría — respondió el coronel — si hubiera estado el General no lo hubiera permitido
—No lo hubiera permitido—asintió Olmos.
—Ya viene— dijo Chepoyá
—Si ya viene— asintió Olmos.
Los siete granaderos hicieron una leve señal y cada uno fue a buscar su caballo que pacientemente los había esperado sin siquiera una soga o un cabestro. Antes de montar, los siete granaderos se cuadraron y Chepoyá hizo sonar su trompeta, quizá por última vez.
—Vamos—dijo el sargento Olmos—
—Vamos —respondieron los otros —
Y comenzaron a marchar a paso regular por el empedrado de la ancha avenida, mientras el sol asomaba tras los árboles de la plaza.
Luis Alberto Acuña . 2026