15/04/2026
A veces el mal no irrumpe. No golpea la puerta ni se anuncia con estruendo. Se filtra en lo cotidiano, en ese “no es nada” que repetimos para no incomodarnos, en la decisión —casi imperceptible— de no mirar demasiado.
¿Y si lo verdaderamente peligroso no fuera lo evidente, sino aquello que aprendimos a considerar normal? A través de un recorrido que atraviesa a San Agustín, Tomás de Aquino, Blaise Pascal, Charles Baudelaire y Hannah Arendt, el texto desarma una idea inquietante: el mal no siempre es una fuerza visible, muchas veces es una ausencia, una omisión, una forma de no pensar.
Lejos de las imágenes extremas, aparece en lo habitual. En lo que dejamos pasar. En lo que preferimos no cuestionar. Porque no hace falta un monstruo cuando alcanza con la inercia.
Pero ahí también se abre una posibilidad. Si el mal puede volverse invisible, el bien también puede hacerlo. No en grandes gestos, sino en pequeñas interrupciones: una duda sostenida, una decisión consciente, un instante en el que elegimos no seguir funcionando en automático.
Este escrito no busca respuestas rápidas. Propone algo más incómodo y, por eso mismo, más valioso: detenerse. Mirar de nuevo. Y preguntarse, con honestidad, cuánto de lo que aceptamos cada día es realmente inevitable… y cuánto es simplemente más fácil no ver.
Carlos Felice Fioravanti