27/08/2020
CUANDO EL ARTE VA A UN TRIBUNAL
( Por Carlos R. Constenla.
Achirana Huasi, Calamuchita Córdoba, 26 de marzo de 2020
Para el Museo del Estudio Jurídico)
El arte ha tenido en el pasado remoto y reciente una estrecha relación con los pronunciamientos de la Justicia. Fundamentalmente por la censura, que en nombre de la religión o de las buenas costumbres lo hostigó, lo mutiló y muchísimas veces lo sofocó.
Otras también tuvieron que ver directamente con el delito como lo atestiguó uno de los corifeos de la escuela positivista del Derecho penal Enrico Ferri que escribió en 1892 Los delincuentes en el arte. Hubo y hay también acciones por plagio, pero lo que no es tan frecuente es que se someta al conocimiento de un tribunal cuestiones civiles o de instancia penales particulares.
Sin embargo algunos casos hubo, y a uno de ellos nos vamos a referir.
No cabe duda de que James Mc Neill Whistler es uno de los mejores pintores nacidos en Estados Unidos. Su tela más famosa, tal vez sea la que se conoce como La Madre del Artista (su verdadero nombre es «Arreglo en gris y negro n° 1») que se expone en el Museo Orsay de París.
Whistler estudió en Francia y residió muchos años en Inglaterra donde falleció en 1902 a los sesenta y nueve años. Agudo, consciente de su valer como artista, más dado al dandismo que a la bohemia, llegó a ser el más importante impresionista de la época victoriana. Pero, sus desmedidos gastos lo llevaron a tener muchos pleitos y terminó arruinado y en quiebra.
En 1877 la galería Grovesnor de Londres, exhibió un cuadro capital en su carrera: The falling rocket conocido también como Nocturno en negro y dorado, que representa fuegos artificiales en una cerrada noche a la vera del Támesis. Allí vio su obra John Ruskin el crítico de arte más influyente del imperio británico y uno de los más acreditados del mundo, que supo elaborar una teoría del arte de vasta difusión en su tiempo.
A Ruskin ese cuadro le causo mala impresión y por eso escribió una crítica mordaz en la que acusaba a Whistler de querer vender posiblemente por un alto precio una cuadro que no era otra cosa que un tarro de puntura arrojado a la cara del público. Obviamente ese comentario en boca del principal crítico de la época no sólo ponía en entredicho las condiciones artísticas de Whistler y la eventual venta del cuadro, sino también el valor de muchos otros por los cuales sus poseedores habían pagado altas sumas de dinero.
La reacción de Whistler no se demoró ni sorprendió a nadie. Considerándose difamado, demandó a Ruskin exigiéndole 1.000 libras esterlinas de indemnización, cifra muy importante por entonces, por los daños que le ocasionaba a su prestigio como artista. Aquella pieza de una arte moderno, generalmente incomprendido por los contemporáneos, se vio sometida a la escéptica consideración de un tribunal y un jurado hostiles.
Reconocidos artistas asistieron al juicio para dar testimonio sobre el mérito de la obra, entre otros el gran pintor prerrafaelista Edward Burne Jones quien pese a su amistad con Ruskin, respaldó a Whistler.
El pleito se saldó a favor de Whistler, pero sólo simbólicamente, porque el Tribunal condenó a Ruskin justipreciando el daño en un cuarto de penique y además imponiendo las elevadísimas costas por su orden, debiendo pagar cada una de las partes 385 libras esterlinas.
Para afrontar esos ingentes gastos, ambos abrieron sendas suscripciones públicas. Ruskin alcanzó a reunir el dinero que necesitaba, pero nadie contribuyó a favor de Whistler.
Aquella demanda que promovió el artista norteamericano, fue devastadora para él. Ya estaba casi en estado de insolvencia y aquellas expensas judiciales lo arruinaron definitivamente.