29/02/2020
Imperdible análisis de Miguel Wiñazky
El voto vale, pero es inmoral.
La seducción de los tramposos, la educación al revés y la victoria de la impunidad
El embajador en Brasil es embajador en los hechos, pero algún rebuscado resquicio legal le permitió trampear y volver a ser diputado por un instante equívoco y eficiente. Los tramposos atacan vestidos de ángeles. Lucran con alitas caritativas en la espalda. Especulan con la necesidad del otro. Le ofrecen agua envenenada al adversario que tiene sed. Y a eso lo llamamos táctica. Si no nos despertamos rápido, si el acto necesario de abrir los ojos se posterga y se alarga, vasto, titubeante, con los párpados aletargados y morosos, los astutos nos despellejan como rayos a los zombies. La trampa es popular y es aplaudida. Funciona como atajo subrepticio. Es una pedagogía al revés aparentemente imprescindible en un país de vivos. Aprendemos a transgredir en el fútbol o en el Congreso.
La trampa cuando funciona es una sorpresa repetida, una piedra con la que tropezamos mil veces y con el estupor de los primerizos. Es una emboscada, un truco de urgencia, una “inteligencia” depravada para embaucar y para anticipar, para ganar con las zarpas encubiertas pero dispuestas. Una maquinación elemental pero eficaz. La sociedad entera es una escuela pública que enseña por vía formal e informal. La conducta institucional provee valores o en su defecto disvalores cuando prevalece la transgresión.
La trampa atrapa al tramposo. La Argentina se engaña a sí misma y queda herida y paralizada en esa pasión profunda y loca consistente en el juego de las trampas, que aunque no se perciba en principio, siempre es al fin un juego de las lágrimas. La trampa hiere la confianza y denigra a la democracia. Es un cebo que atrae incautos para demolerlos y clavarles en el paladar un punzón inesperado que les rompe la boca.
Nos inmolamos ante la trampa como si fuera una deidad.
Y siempre quedamos entrampados. Y nos acostumbramos a las celadas, y nuestros hijos aprenden que los tramposos no pierden. Es la educación invertida.
La ofensiva perpetua es la clave de su historia, fraguada en la práctica ilimitada de la intransigencia, y también en el ardid de la seducción. Ella baila, llora, interpela, grita, dice y se desdice y enuncia siempre unas promesas para incumplirlas y hacer lo opuesto.
La consagración de una jugadita maestra y clásica; el apoteosis menor y despreciable de los ladinos manejados desde arriba. Es en ese hartazgo de la baja política, cuando los vivos se la llevan toda.
Ahora va a cambiar el mapa de la justicia argentina que es profundamente imperfecta, pero que puede ser mucho peor aún cohesionada y subordinada al designio implacable de esa mujer que buscará la impunidad a cualquier precio.
Y así será. Será impune. Y eso es trampa.
M. Wiñazky