11/12/2025
Acceso real a la capacidad económica del alimentante: por qué Argentina necesita un sistema integrado de información
El debate sobre las cuotas alimentarias en Argentina suele concentrarse en las sanciones, en los incumplimientos o en el monto; sin embargo, el verdadero núcleo del problema es otro: la Justicia decide a ciegas porque no accede a información económica completa, actualizada y verificable del alimentante.
Mientras las necesidades del hijo son demostrables con cierta facilidad, la capacidad contributiva del progenitor queda atrapada en un terreno difuso, moldeado por la información que él mismo decide suministrar y por la lentitud de los oficios que intentan reconstruir, con meses de atraso, un patrimonio que se mueve todos los días.
Aquí es donde la discusión colombiana ofrece un punto de partida valioso. En ese país avanza un proyecto legal que prevé la creación de un sistema centralizado y actualizado de datos económicos del deudor, alimentado por información fiscal, bancaria, registral, tecnológica y financiera, con acceso judicial directo. No se trata de un registro burocrático ni de un listado de morosos: es un ecosistema de datos vivo que integra fuentes oficiales diversas en tiempo real, permitiendo al juez conocer con exactitud la verdadera capacidad económica del alimentante.
Esa idea no exige ser replicada de modo literal en Argentina, aunque sí sirve como espejo para advertir una carencia estructural: nuestro sistema carece de cualquier herramienta que permita visualizar de manera unificada los activos, consumos, operaciones, ingresos y mecanismos de circulación económica de quienes cumplen —o evaden— su obligación alimentaria.
La consecuencia es conocida: la proporcionalidad alimentaria se convierte en una ficción. La ley exige que la cuota refleje las necesidades del hijo y el caudal económico del alimentante, pero este último elemento es casi imposible de reconstruir cuando el progenitor trabaja en la informalidad, factura a través de terceros, opera con cuentas digitales, utiliza sociedades de escaso control o administra ingresos que no pasan por el sistema bancario tradicional. La asimetría informativa es tan profunda que la carga probatoria dinámica, pensada para equilibrar el proceso, termina luciendo insuficiente cuando el Estado no provee las herramientas mínimas para obtener datos precisos.
Un sistema similar al que discute Colombia —adaptado a nuestra realidad institucional— permitiría superar esa oscuridad. No se trata de invadir la privacidad ni de crear un aparato persecutorio, sino de ordenar y concentrar información que ya existe en distintos organismos públicos pero que hoy se encuentra fragmentada, inaccesible y descoordinada: datos fiscales, actividad económica declarada, consumos digitales, movimientos financieros, viajes, titularidad de bienes registrales, contratos comerciales, operaciones electrónicas.
La dispersión de estas fuentes vuelve lento, caro y poco fiable el proceso probatorio. La centralización, en cambio, permitiría obtener una radiografía económica verificable, objetiva y actualizada.
En Argentina, esta discusión es ineludible por una razón adicional: gran parte del conflicto alimentario deriva de cuotas fijadas sobre diagnósticos incompletos del caudal económico. La falta de información produce cuotas insuficientes, litigios interminables y un desgaste constante de los vínculos familiares. Un sistema de acceso real a los datos permitiría desarrollar criterios más justos, más rápidos y más transparentes, reduciendo la discrecionalidad y, sobre todo, evitando que el alimentante oculte su capacidad contributiva tras una maraña deliberada de imprecisiones.
El punto no es replicar un modelo extranjero, y sí asumir la premisa que lo inspira: sin información fiable, no hay justicia posible. Una reforma argentina debería partir de esa idea básica: la responsabilidad parental no puede depender de lo que el alimentante decide mostrar, sino de lo que efectivamente gana, gasta, administra y posee. En un contexto económico complejo, con actividades híbridas, ingresos digitales y múltiples capas de informalidad, un sistema integrado de datos no solo sería útil; sería la única forma razonable de garantizar que el interés superior del niño no se subordine a la opacidad patrimonial del adulto.
La tecnología, bien utilizada, puede corregir una de las asimetrías más injustas del derecho de familia: la que premia al que oculta y castiga al que cuida. La discusión colombiana demuestra que el camino es posible. La discusión argentina, tarde o temprano, tendrá que empezar.