19/02/2025
Cuando el cliente se convierte en su peor enemigo
En la práctica profesional del derecho de familia, existen clientes que, lejos de buscar una estrategia clara y efectiva, parecen decididos a complicar su propia defensa, atrapados en una lógica obsesiva que prioriza el control absoluto sobre el proceso.
Se trata de clientes con perfiles complejos, altamente emocionales y resistentes a cualquier consejo que no confirme su visión personal del conflicto.
Este cliente que sabotea su propia defensa suele ser exigente, hipercrítico y profundamente desconfiado. No se conforma con tener el mejor patrocinio jurídico posible; siempre está convencido de que existe una mejor opción en otro lugar.
Cambia de abogado con frecuencia, no porque la estrategia falle, sino porque no soporta que alguien le marque límites claros o le diga verdades incómodas. Tiene una necesidad constante de controlar la narrativa del caso. No le interesa adaptarse a los hechos ni a la estrategia procesal; más bien, busca que el expediente confirme su relato personal.
Cuando eso no ocurre, el conflicto interno se traduce en decisiones erráticas: consultar múltiples abogados, buscar soluciones simbólicas y despreciar los consejos más sólidos y fundamentados.
En muchos casos, la búsqueda de un abogado "de confianza emocional", aunque sin experiencia real en el fuero, es el primer paso hacia el colapso procesal. Prefiere a un profesional que le diga lo que quiere escuchar, aunque eso implique adoptar estrategias que lo deje completamente expuesto.
El problema de fondo es que no comprende que el fuero de familia ya ha construido una narrativa quizás irreversible, y que con cada nuevo planteo se refuerza. En el caso de progenitores que insisten en reclamos menores o buscan constantemente señalar disfuncionalidad en el otro, el sesgo del fuero de familia puede consolidarse rápidamente en la figura de un padre o madre obstaculizador.
Cuando la estrategia no se ajusta a esta realidad, las consecuencias son previsibles: pérdida progresiva de funciones parentales y, en los casos más extremos, cambio de custodia. Lo paradójico es que, en su afán de controlar el proceso, el cliente termina acelerando el desenlace que tanto teme.
El manejo de estos clientes exige una combinación de claridad, firmeza y límites muy bien definidos. No se trata de ceder ante cada exigencia ni de seguir el ritmo emocional que intentan imponer. El abogado debe dejar en claro desde el principio que no está para validar emociones.
En cuanto el cliente comienza a cuestionar cada consejo, a relativizar el expediente o a buscar confirmación externa de sus decisiones, es el momento de tomar distancia. Prolongar la relación solo genera desgaste, frustración y riesgos profesionales innecesarios.
El patrocinante no puede ser rehén de un cliente que sabotea su propia causa, porque cuando la situación se desmorona, será el profesional quien cargue con la culpa.