04/02/2021
Capilla de Candonga (mhn)
Ruta Provincial E-53 y camino rural, Colón, Córdoba.
Las tierras que a partir de 1588 pertenecieran a don Diego de Loria por merced real habían sido compradas, tras una extensa sucesión de propietarios, por don José Moyano Oscáriz en 1720. Será pues en este antiguo paraje llamado Potrero de Santa Gertrudis, a medio camino entre La Cumbre y Agua de Oro, que éste establecerá una estancia a la que dotará de huertas, un molino con su acequia, un corral para la guarda del ganado, una casa y un oratorio. Este último fue construido en algún momento entre 1720 y 1762 (la precisión numérica de la segunda fecha proviene de la cifra grabada en una campana hoy inexistente en la espadaña), aunque el historiador Mario J. Buschiazzo –quien lo restaurara en 1941– se refirió con mayor exactitud al año 1730. Esta singular capilla está compuesta por una única nave cubierta con una bóveda de cañón
corrido con intersecciones de lunetos que avanza hacia el exterior formando un arco cobijo apoyado en dos contrafuertes, ejemplo impar entre las capillas coloniales del país. Una esbelta espadaña lateral de tres aberturas, apoyada en el contrafuerte izquierdo, dota al frente de un decidido impulso vertical, acentuado asimismo
por la pequeña linterna que descansa sobre el centro de la nave, en línea con las existentes en los abovedados galpones de acuñación de la Casa de la Moneda de Potosí. El austero interior culmina en un sencillo altar de mampostería con cuatro hornacinas caladas en el muro, donde ocupa el lugar de honor una antigua imagen de
Nuestra Señora del Rosario, a quien fuera consagrada la capilla. No obstante ello, el nombre que ha perdurado no ha sido el de su advocación sino el de Candonga, y como este término significa “mula de tiro” –o también “mula cansada”–, indicaría que la zona funcionó durante el período colonial como lugar de invernada
de mulas destinadas al tráfico con el Alto Perú. Completan el conjunto una sacristía –también de techumbre abovedada con lunetos– con alacenas y hornacinas recortadas en el espesor del
muro, y la habitación del cura, con galería frontal.
Texto: Alberto Petrina.
Foto: Claudio Elias