21/06/2026
Compartimos con nuestros lectores la participación de nuestra autora Alina Diaconú en el Concurso Microrrelatos de los 25. Esperamos que les guste y se queden tan impactados como nosotros 🤩 Ya nos contarán... 🖋️
MÉDIUM
Yo tenía 20 años y mi padre había mu**to hacía poco.
Con mi madre fuimos, una tarde, a visitar a mis tíos. Al llegar, mi tía nos dijo en voz baja que vendría también un conocido de su marido para una consulta, ya que sus dolores de espalda se habían vuelto inhabilitantes.
Al rato, aparecieron dos hombres. El conocido de mi tío, un señor de cabello gris que resultó ser su peluquero, acompañado por un hombrecito cuarentón, insignificante en su aspecto o, al menos, así me resultó.
Nos sentamos todos alrededor de la mesa del comedor. Cuando el hombrecito se sentó justo enfrente de mí, clavó sus ojos en los míos y tuvo una especie de escalofrío. Todo su cuerpo se crispó por un instante, se contorsionó, mientras me señalaba.
Un desconcierto cercano al terror me invadió. Luego, el personaje comenzó a transpirar. Sus ojos se cerraron y un extraño balbuceo salió de su boca. “Su padre —me dijo, señalándome con el dedo— su padre… está aquí” —y señaló ahora uno de sus hombros.
Dios mío, qué conmoción. Mi padre, el primer hombre de mi vida, el más amado, el que para mí sería eterno, no había mu**to, estaba allí.
El médium, en pleno trance –porque era eso a lo que yo y todos los presentes, sin saber, asistíamos— comenzó a hablar en francés. Con la voz de mi padre. Me empezó a tranquilizar en ese idioma, diciéndome que él me cuidaba, que allí donde estaba, se encontraba bien. A medida que hablaba, el llanto se apoderó de mí. Lloraba y lloraba y no podía parar. Hasta que “mi padre” me pidió que me serenara. Porque en todo momento, él me protegía y que iba a acompañarme dentro de 25 años.
El médium volvió en sí, yo volví a mí, pero le pedí a mi madre que nos fuéramos ya de allí. Me levanté y la obligué a que me siguiera hacia la puerta.
“¡Venga a vernos!” —me rogó el hombrecito al verme abandonar la reunión—. “Usted tiene un don”.
Esa noche no pude dormir. Me recluí en mi cuarto y cerré la puerta con llave. Algo dentro de mí se había trastocado, abierto a una dimensión ignota. Aprehendía, por primera vez, que el mundo de los espíritus existía, pero que me daba demasiado miedo abordarlo.
El tiempo pasó. La vida —la de todos— siguió su curso, con sus miles de avatares.
Transcurrieron exactamente 25 años. Y 25 años después, pasó algo estremecedor: murió mi madre.
Me acordé del médium y sentí en mi mano, la mano de mi padre.
Alina Diaconú
Ciudad de Buenos Aries, Argentina