29/08/2026
Definir la Justicia como «la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno su derecho» no es una fórmula retórica ni una abstracción estática; es, ante todo, una disposición activa de conducta.
Ulpiano entendió que el derecho carece de sentido si se desvincula de la perseverancia ética.
La justicia no se reduce a la aplicación mecánica de la norma, sino que exige sostener una determinación continua frente a la dignidad y la esfera jurídica de cada individuo.
Esta noción se articula de manera directa con sus tres preceptos fundamentales: vivir honestamente, no dañar al otro y dar a cada uno lo suyo.
Lejos de ser adagios del pasado, constituyen el andamiaje sobre el que descansan las garantías y los derechos fundamentales modernos.
La moral y el derecho convergen precisamente en ese punto: en el establecimiento de límites firmes frente al arbitrio y en la exigencia innegociable de respeto recíproco dentro de la comunidad.
En un tiempo donde la inmediatez suele desplazar la reflexión de fondo, recuperar estas fuentes recuerda que la práctica del derecho y la responsabilidad ciudadana no son meros trámites formales.
La justicia no es un resultado accidental ni una prerrogativa exclusiva de su sistema de administración estatal; es una construcción cotidiana basada en la coherencia entre el orden normativo, la ética profesional y el valor intrínseco de la persona.
Doctora (PhD) Graciela Karina Torales