07/08/2025
“Fiat iustitia, etsi pereat mundus.”
Hágase justicia, aunque el mundo perezca...
Cuando los egipcios llamaron Maat al principio que armoniza el cosmos, concibieron una ley anterior a toda ley, la medida que mantiene las estrellas en su sitio y la palabra dada entre los hombres. Siglos después, los griegos redujeron aquel símbolo cósmico a una mujer con venda, balanza vacía y espada en reposo: Temis o Diké, ya no alada sino humana, ya no atenta a los astros sino a la fragilidad de nuestras promesas.
La miniatura que hoy descansa en cada despacho jurídico reproduce esa historia en silencio, recordándonos que la justicia procede de lo alto, pero se ejerce a ras de suelo — entre expedientes y voces encontradas.
Sin embargo, la escultura es también una advertencia. Su venda no nos asegura imparcialidad; sólo nos recuerda que la tentación de mirar el rostro del amigo o del adversario precede a toda sentencia. La balanza está vacía porque exige argumentos, evidencia y razonamiento antes de que el acero descienda.
En su origen, escriben los tratadistas, aquel conjunto de símbolos hablaba de «verdad, justicia y armonía cósmica»; con el tiempo derivó en emblema de coerción y equidad, reflejo de la eterna tensión entre fuerza y razón.
La pregunta decisiva regresa, vieja y simple: ¿quién sostiene la balanza cuando la diosa ya no baja del pedestal? La respuesta es incómoda: la sostenemos nosotros, ciudadanos y juristas, cada vez que dudamos de nuestras propias premisas, que pedimos prueba antes de opinión, que escuchamos argumentos antes de alzar la voz. Juzgar —sentarse un instante en el lugar de Temis— exige cultivar lo que no puede enseñarse en códigos: prudencia, esa virtud que compensa la delicadeza de las plumas y el peso inflexible del hierro.
De ahí la moraleja que vale tanto en la sala de juicio como en la conversación digital: la justicia se arruina cuando la prisa remplaza a la prueba y cuando el aplauso sustituye al razonamiento.
Sostener la balanza no consiste en proclamar verdades absolutas, sino en admitir que cada platillo merece ser cargado con rigor. Sólo entonces la espada—sea una sentencia, una reforma o un simple comentario bien fundado—puede descender sin romper la credibilidad del derecho.
Así pues, cada vez que pases junto a esa pequeña estatua de bronce, recuerda: la venda es una promesa de humildad; la balanza, una invitación a la argumentación; la espada, la conciencia de que toda decisión lastima o salva.