29/03/2026
Hace cuatro años mi papá se fue.
Recuerdo que, antes de partir, me miró con esa preocupación que solo tienen los padres: saber si sus hijos estarán bien cuando ellos ya no estén.
Ese día pude decirle algo que le dio paz: todo va a estar bien. Y se fue tranquilo.
Hoy entiendo aún más ese sentimiento.
Soy papá de un niño con discapacidad y, siendo sincero, uno de mis mayores miedos es ese del que casi no hablamos: ¿qué pasará con nuestros hijos cuando nosotros faltemos?
¿Quién le dará los cuidados que necesita?
¿Quién le dará esos mimos que solo un padre entiende?
¿Quién estará pendiente de su atención médica, de sus días buenos y de los no tan buenos?
¿Quién será la persona que pueda ocupar, aunque sea un poco, el lugar que hoy tenemos nosotros?
Porque hay realidades que como padres aceptamos con amor: quizá ellos no formarán su propia familia como muchos otros, y por eso nuestra responsabilidad es todavía más grande.
He estado pensando mucho en esto… y creo que nos toca redoblar esfuerzos.
No solo en amor —que de ese siempre habrá—, sino también en construirles un patrimonio, una base, algo que les permita subsistir dignamente cuando nosotros ya no estemos.
No es un tema fácil, pero sí necesario hablarlo entre quienes vivimos esta realidad.
Tal vez el amor de un padre también se mide en eso: en preparar el camino incluso para el día en que ya no podamos caminar junto a ellos.
A quienes son papás y mamás de niños con discapacidad: los abrazo con respeto y admiración.
Sé que cada día hacemos lo mejor que podemos por ellos. 🤍