19/02/2026
Impaciencia e indecisión
Liderar —en la empresa, en la familia o en la propia vida— implica convivir con dos sombras persistentes: la impaciencia y la indecisión. No suelen anunciarse con estruendo; llegan en forma de pensamientos recurrentes, de escenarios que se desbordan en la mente antes de que exista evidencia real de que algo va a salir mal.
Nuestro cerebro más primitivo, ese que alguna vez nos ayudó a sobrevivir, hoy nos juega una trampa distinta: nos empuja a imaginar la catástrofe, a anticipar el peor desenlace, a sobredimensionar los riesgos. Y desde ahí, decidir se vuelve un acto cargado de tensión.
Hace unos días conversaba con mi mamá. Sin discursos técnicos ni teorías complejas, me regaló algo más valioso: perspectiva. Me recordó que muchas veces confundimos urgencia con importancia, y control con protagonismo.
Porque no todo gira alrededor de uno.
No todo sucede en el momento, la circunstancia o el tiempo que deseamos.
Y no todas las decisiones tendrán garantía de acierto.
Decidir implica aceptar margen de error. Aceptar que algunas elecciones no serán las mejores, ni las más brillantes, ni las más celebradas. Pero serán necesarias. Y postergarlas por miedo a equivocarse también es, en sí mismo, una decisión.
La impaciencia nos empuja a acelerar.
La indecisión nos paraliza.
El liderazgo exige encontrar el punto medio: avanzar con criterio, incluso cuando la claridad no es absoluta.
Escribo esto como una pequeña píldora de introspección. Así como hay quienes inician el día meditando, haciendo ejercicio o preparando un buen café, también necesitamos momentos para ordenar la mente, cuestionar nuestras narrativas internas y ajustar la forma en que interpretamos lo que ocurre.
No todo es tan urgente como parece.
No todo es tan grave como lo imaginamos.
Y no todas nuestras decisiones son mediocres por el simple hecho de no ser perfectas.
A veces, la verdadera madurez está en decidir… y después sostener la decisión con serenidad.
Seguimos.