21/09/2026
DEFENDER NO ES DELINQUIR
Una reflexión para quienes ejercemos libremente la abogacía.
🔴 ¿En qué momento comenzamos a normalizar que un abogado sea visto con sospecha simplemente porque ejerce bien la defensa?
Desde hace algún tiempo observo con preocupación un discurso que parece ir ganando espacio.
Cuando una persona recupera su libertad, una investigación presenta fallas, una acusación no logra sostenerse o se evidencia una actuación contraria a la ley, muchas veces la mirada se dirige inmediatamente hacia el abogado defensor.
Y pocas veces hacia quien investigó mal, acusó sin suficiente respaldo probatorio o, incluso, formuló una denuncia falsa.
Como abogado penalista tengo una posición muy clara: si un abogado comete un delito, debe responder por sus actos como cualquier otra persona.
También me molestan profundamente quienes utilizan una credencial profesional para delinquir y, con ello, desprestigian una profesión que merece respeto.
Pero precisamente por eso debemos aprender a diferenciar.
Defender no es delinquir.
Cuestionar una investigación no es obstruir la justicia.
Contradecir la prueba no es encubrir.
Señalar una ilegalidad no es favorecer la impunidad.
Exigir el debido proceso no es proteger delincuentes.
Y lograr la libertad de una persona cuando jurídicamente corresponde no convierte al abogado en cómplice de aquello que se le atribuye a su defendido.
Eso se llama ejercer la defensa.
En materia penal esta función adquiere una relevancia todavía mayor.
El poder punitivo del Estado es probablemente una de las expresiones más intensas del poder público. El Estado puede investigar, detener, acusar, solicitar prisión y, finalmente, obtener una condena capaz de privar a una persona de su libertad durante años.
Precisamente por esa enorme capacidad existen límites: el debido proceso, la presunción de inocencia, el principio de legalidad y el derecho de defensa.
El Derecho Penal no solamente determina cuándo una persona puede ser castigada. También establece hasta dónde puede llegar el Estado para hacerlo.
Y justamente ahí aparece el abogado defensor.
Por eso me preocupan determinados discursos provenientes de autoridades, actores políticos e incluso de algunos autodenominados expertos, así como ciertas reformas penales que se discuten, cuando pueden terminar desdibujando una frontera que debe permanecer absolutamente clara: una cosa es defender a una persona investigada por un delito y otra, completamente distinta, participar en ese delito.
Al abogado que delinque, que se le investigue y, si corresponde, que se le sancione.
Pero al abogado que cuestiona, contradice, exige prueba, denuncia ilegalidades e incomoda porque ejerce con firmeza su profesión, que se le permita defender.
Porque para eso existe la defensa.
Y esta discusión no pertenece solamente a los abogados.
Cuando se debilita o estigmatiza al defensor, quien termina perdiendo una garantía es el ciudadano.
Ese ciudadano que quizá hoy no necesita un abogado penalista, pero que mañana podría encontrarse frente al enorme poder del Estado y necesitar que alguien se coloque a su lado y diga, con conocimiento, independencia y firmeza:
“Hasta aquí puede llegar el poder. De aquí en adelante, manda la ley.”
🔴 A quienes ejercemos la abogacía les dejo una pregunta:
¿Estamos defendiendo con suficiente firmeza la diferencia entre ejercer la defensa y delinquir?
Me interesa conocer especialmente la opinión de colegas, dentro y fuera del ámbito penal.
Tomado de facebook