26/11/2018
Por una Segunda Reforma Universitaria Feminista y Popular.
Declaración de la Asamblea de Feministas Universitarias del Conurbano.
Y ahora que estamos juntas y ahora que sí nos ven: por una Segunda Reforma Universitaria Feminista y Popular.
Declaración de la Asamblea de Feministas Universitarias del Conurbano.
I
Las universitarias del conurbano, estudiantes, graduadas, trabajadoras docentes y no docentes, le decimos a todas las juventudes de América, que decidimos alzar nuestra voz y poner nuestros cuerpos para forjar una reforma feminista de las universidades latinoamericanas. Muchas son las vergüenzas que quedan y las libertades pendientes. No porque nuestras ancestras no hayan peleado, no porque nuestras instituciones no se hayan reformado, sino porque las cadenas son muchas y algunas persisten encarnadas e invisibles, silentes y ominosas.
Lo decimos en un contexto de fuertes amenazas. Una doble ofensiva se desata sobre nosotras y nuestros derechos. La ofensiva neoliberal que empobrece y despoja, tanto nuestras vidas, como nuestros barrios y las instituciones universitarias. Y la ofensiva fundamentalista que abreva en discursos religiosos para venir a decir que no tenemos derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y deseos. En Brasil se alza la mayor amenaza: la de una contrarrevolución conservadora que viene a responder a la marea feminista, al movimiento que estamos desplegando y sus fuerzas disidentes, a nuestra fuerza que todo quiere cambiar, con un intento de reponer disciplinas y jerarquías raciales, de clase, de género. Como se mostró en las movilizaciones bajo la consigna Ele Nao, las mujeres y sexualidades disidentes son el núcleo más vital de la resistencia antifascista.
Lejos de encerrarnos ante la ofensiva, venimos a decir que conjugar nuestra fuerza común, seguir construyendo feminismos populares, afirmarnos como sujeto político, son fundamentales para construir una sociedad democrática, que albergue nuevas posibilidades de abolir los privilegios y desigualdades de clase, de raza y de género. Las universidades reproducen privilegios a la vez que son un fenomenal instrumento para ponerlos en jaque cuando construyen lógicas de participación política abiertas y sostienen el pensamiento crítico. El sistema universitario actual no se limita a la constitución de elites. Muchas de nosotras somos hijes de las universidades por todos lados porque somos hijes de las familias populares cuyos integrantes aún no habían llegado a la educación superior y porque nos criamos en barriadas periféricas. Cuando se habla de una primera generación de universitaries, hay que imaginar la conmoción vital y familiar que eso produce, pero también el compromiso con pensar esa situación no con la lógica de la meritocracia sino con las del derecho y la igualdad. Cuando venimos a hablar, hablamos desde esa periferia y ese origen, sin negarlos, sin pensarnos como sujetos de un proceso individualizante de movilidad social. Hablamos desde el conurbano porque su vitalidad popular es una promesa. Y nuestras universidades están tramadas, profunda y lúcidamente, con esos territorios.
Se lo ve en sus edificios, que en muchos casos las vuelven universidades palimpsestos, porque bajo las aulas hay otras memorias, desde fábricas a orfanatos y talleres ferroviarios. Pero también en los barrios donde se construyen, cerca de cuarteles o de basurales. En Quilmes, la Universidad se construyó en los terrenos donados por la empresa textil Fabril financiera. Utilizó los espacios y recicló las naves en desuso. En Moreno, un antiguo hogar de menores, por el que pasaron hijes de detenides-desaparecides durante la última dictadura cívico-militar, hoy es sitio de una universidad a la que concurren hijes de trabajadores. Residentes del antiguo orfanato transitan ahora el edificio como estudiantes, tránsito que es, también, de reparación y dignidad. La Universidad de General Sarmiento se amasó en un quinta y funcionó en sus primeros tramos también un un hogar de niños que ahora es centro cultural. Su campus está en Malvinas Argentinas, al borde de Campo de Mayo y en ella se respira la preocupación persistente por la memoria, la verdad y la justicia. En José C. Paz la universidad se instaló en un terreno del ferrocarril, un baldío sin pelotas ni hamacas, en uno de los barrios más viejos del municipio. Era un lugar de paso para cortar camino desde el tren hacia el colegio privado, el primero y unos de los pocos del municipio. Era un vacío más en uno de los territorios más castigados del Conurbano. Primero, sobre el lado izquierdo del terreno, se construyó el Centro de Estudios Municipales. Año 2004. Sobre el costado derecho se levantó otro edificio donde funcionó la Escuela Especial 501 y, luego, la Escuela de Policía Local. En 2010, a meses de sancionada su creación, en el medio y rodeada de los edificios municipales, se construyó la UNPAZ, la Universidad Nacional de José C. Paz. Se dice –con cierto orgullo- que al edificio lo levantaron entre 9 empleados de la constructora municipal y que fue financiada por el mismo municipio. La universidad de Avellaneda comenzó en el antiguo mercado de abasto, abandonado durante años y convertido en zona de malandraje. La sede 12 de Octubre, llamada Leonardo Favio, ocupa el edificio de una usina eléctrica y la sede Piñeyro fue un lavadero de lanas. En cada barrio conurbano, la universidad trajo líneas de colectivos, iluminación, bares, vendedores y un constante parloteo de estudiantina de primera generación que imagina futuros sin exilio. Todas ellas se traman en sus territorios, se constituyen en sus comunidades pero a la vez le agregan algo, otro tipo de vida, de encuentros, de lenguajes, de posibilidades. Las universidades construyen otro sentido a la vez que no dejan de pensarse en su latir más popular.
El gobierno actual viene a decir que hay demasiadas universidades. Que no es necesario que los pobres estudien. La restauración conservadora no deja de conjugar sus esfuerzos de disciplinamiento social y de refuerzo de las jerarquías que se habían trastocado. ¿Para qué necesitarían universidades aquellos que están destinados a las fábricas o al trabajo precario, a las economías informales o al servicio doméstico? Desde la visión de las elites gobernantes nuestras universidades son superfluas, erróneas, derroche puro o mal ejemplo. Las atacan porque son sitios de construcción de pensamiento crítico y porque su potencia social, su capacidad de expandir la lógica de la igualdad. Defenderlas, defender el presupuesto imprescindible para ellas, es parte de un esfuerzo por afirmar una lógica de la igualdad. Defenderlas no significa dejarlas tal como están. Nosotras decimos: defenderlas es transformarlas, hacerlas atravesar por la fuerza de un movimiento histórico fundamental, el del feminismo. Hoy a cien años de la Reforma Universitaria estamos frente a una nueva revolución. Hoy la marea feminista nos exige repensar el sistema universitario y el sistema de ciencia y técnica en general. Hacernos cargo de los dolores que quedan y las libertades que faltan. Decir que si nuestras universidades abrieron posibilidades para nosotras, al mismo tiempo aún están mayoritariamente excluidas de la educación superior, las compañeras travestis y trans. Por eso, y porque las feministas nos asumimos como movimiento en constante transformación, este es un manifiesto abierto al porvenir, una primera versión que puede tener y seguramente tendrá más de una reescritura.
II
Las universidades, productoras de conocimiento, no pueden negarse a reflexionar sobre las condiciones en las que se produce ese conocimiento androcéntrico y eurocéntrico, plagado de huellas impensadas de tan presentes y perpetuadas de la lógica colonial. No pueden esquivar la pregunta sobre las desigualdades y las violencias implícitas en su funcionamiento. Sus peores riesgos son aceptar la idea meritocrática liberal y a la vez arrastrar la reproducción de las jerarquías tradicionales. Nuestras universidades no pueden permanecer mudas y silentes ante la marea plebeya e insurrecta que está modificando las sociedades. Marea verde, decimos, pero también fucsia, violeta, roja. La marea de los colores múltiples con los que teñimos nuestras vidas, los de las banderas de la diversidad y las rupturas trans.
¿Son las universidades ámbitos de reproducción de las lógicas y jerarquías patriarcales? Lo son en sus modos de producir conocimientos, centrado en la primacía masculina. Lo son en sus órganos de gobierno y en la constitución de sus autoridades, como es visible en el escaso número de rectoras en todo el sistema. Lo son en la extensión de prácticas machistas, cotidianas, que cuesta erradicar de aulas y agrupaciones. Se hace evidente en las estructuras de cargos, donde las mujeres somos mayoría en los niveles inferiores mientras escaseamos en los más altos, y eso no se corresponde a la lógica de las titulaciones de posgrado. Lo son cuando se naturaliza en las áreas de docencia e investigación una distribución del trabajo que nos recarga de tareas administrativas. Lo son en la reproducción de estereotipos binarios y modos normativos del lenguajes. Las prácticas sedimentadas son producto de las relaciones de desigualdad establecidas, de los poderes reinantes, de las jerarquías naturalizadas. Pretendemos poner a las universidades en alerta ante esa reproducción impensada, para fundar otro modo de las instituciones y del conocimiento. Eso las obliga a pensar el reconocimiento de las lógicas que las exceden, las que hacen a la organización de las familias, los cuidados, la reproducción social.
Venimos a decir que dejarse atravesar por la marea es construir otra comprensión de qué significa una carrera, afirmar las tramas cooperativas, descubrir el sentido de la producción colectiva, antes que la ilusión solipsista del esfuerzo individual y el mérito propio. Así como nos inventamos manada en las calles, en las universidades somos con otras y otros, nos reconocemos en el esfuerzo común y en la disposición de lo público. Que nuestras universidades se dejen rehacer por ese reconocimiento de la fuerza común que amasamos estando juntas, pero que también recrea los grandes momentos de la investigación y la enseñanza.
Las universidades, sitios de la cita entre generaciones, no puede ampararse en las rutinas de un enseñar a espaldas de las transformaciones. Sus currículas deben ser tensadas por la interrogación que el movimiento social dispone, no para colocar en cada programa una cuota de autoras, sino para producir una dislocación más fundamental: afirmar una perspectiva crítica feminista, decolonial y latinoamericanista, crítica que ya existe pero que suele estar omitida a la hora de definir qué se enseña, cómo y desde dónde. Que las universidades acepten que una transformación social también les habla a ellas. Nos habla a nosotras, a nosotros, a nosotres. Nos exige estar a la altura de los tiempos.
Las feministas universitarias decimos que las universidades ya no pueden ser lo que eran antes de la expansión de un feminismo popular intenso y creativo. Que no pueden cerrar sus puertas al movimiento insomne y vital de las calles.
Venimos a decir que el cogobierno de las universidades debe surgir de condiciones de paridad de género en las listas, que las agrupaciones y sindicatos deben dejar de esquivar el problema del poder (patriarcal) en su interior, que el porcentaje de autoridades femeninas es exiguo y vergonzante, que no hay política democrática que no esté exigida de mirar esas tachaduras, las rutinas de una normalidad excluyente, la selección implícita que garantiza la falta de equidad bajo los argumentos de una ley neutral. Hartas del techo de cristal y de los infinitos modos en que se reproducen las trabas en el sistema científico-técnico y en los estudios superiores.
Defendemos los principios de la autonomía, la gratuidad y el laicismo. Queremos universidades autónomas frente a los gobiernos pero también respecto de los dictados del mercado. Sostenemos que la gratuidad es un imprescindible para que sean un instrumento de igualdad y no de exclusión, para que la educación superior sea un derecho y no un privilegio. Afirmamos que deben ser laicas para que puedan albergar a personas de todas las creencias y religiones, y también aquellas que sostenemos religiosidades disidentes, ateas, agnósticas. Laicas para albergar una espiritualidad que no obligue, que no imponga, que no someta. Porque las feministas también construimos una espiritualidad pública en la ritualidad de las calles que nos liga y religa. Agregar a esos principios el de feminismo es hoy imprescindible. Los brutales planes de ajuste, los desalojos de las tierras comunales, la reducción de los planes sociales, el desfinanciamiento de la salud, la educación, la vivienda popular, inciden especialmente en las mujeres y sexualidades disidentes. Por un lado, porque las prácticas sedimentadas nos vinculan especialmente a las tareas de cuidado y a la responsabilidad última de garantizar la reproducción de la familia. Por otro, porque la feminización de la pobreza coloca a muchas en situaciones de esclavitud laboral, sujeción en redes de trata, inclusión en los escalones más bajos de la economía clandestina, en situación carcelaria. La crítica del capitalismo implica señalar que su potencia destructiva se abate como doble explotación: como trabajo impago en el hogar, como trabajo mal pago en el mundo del salario.
Muchas estudiantes universitarias eligen carreras vinculadas a los roles socialmente asignados y se convierten en enfermeras, nutricionistas, docentes. Oficios ligados al trabajo reproductivo y que, por su misma feminización, son peor remunerados que los correspondientes a otras profesiones. Como ocurrió mucho tiempo con la docencia, no deja de pensarse el salario de las mujeres como complementario. Ilusión ideológica en tiempos en que crecen los hogares monoparentales o con jefas de hogar.
Cuando se ajusta en educación y salud se ajusta sobre todo a las trabajadoras. Hace unos meses, una garrafa explotó en la escuela 49 de Moreno y mató a dos trabajadorxs, a Sandra y a Rubén. Seguimos conmovidas por eso, alertas ante una devastación de lo público que se cuenta en vidas sacrificadas pero también en los caminos clausurados, las desdichas acumuladas, las horas de clase perdidas, la destrucción de los lazos en los barrios, la pérdida de trabajos. Cuando se desfinancia las universidades se intenta clausurar lo que ellas abren de posibilidades y derechos. Ante los ataques contra la educación pública no cabe actitud silenciosa, no existe quietud ni paciencia. Nos quieren sumisas, calladas y en nuestras casas, nos quieren despolitizadas, nos dicen en qué meternos y en qué no, nos quieren explicar qué significa Ni Una Menos. La única salida posible es la desobediencia, como acto de resistencia y como método para avanzar. Frente al neoliberalismo, el racismo y el patriarcado, estamos en las calles, en las comarcas y comunidades, en los comedores, en las universidades y escuelas haciendo un cuerpo colectivo, tejiendo y creando formas nuevas de ocupar los espacios que transitamos, de ocupar el espacio público al que nunca nos invitaron, porque el feminismo no necesita invitación ni pide permiso.
Nuestros feminismos tejen y crean nuevas formas de pensar y construir el poder. Que pueda sostenerse en la vocación de descolonizar, celebrando las diferencias y los múltiples orígenes, reconociendo los lazos comunitarios y la memoria acumulada. Un poder que se constituya no como mando y orden sino como capacidad de anudar la potencia de nuestros cuerpos rebeldes. Por eso, los feminismos buscan herramientas y prácticas. La asamblea se constituye como dispositivo fundamental. No se trata de idealizarla, porque como toda herramienta política funciona y fracasa, ensaya y erra. La asamblea es circulación de la palabra que se hace pública, trabajo que parte del desacuerdo y no de la homogeneidad, que entiende el disenso como fuerza y no como obstáculo, que afirma la horizontalidad pese a que reconoce que es más punto de llegada que de partida. La asamblea es esfuerzo, puesta en común de palabras, encuentro de cuerpos. Como en las calles, en las asambleas nos reunimos y reconocemos, vamos hilando este sujeto capaz de irrumpir como hicimos para reclamar que una ley termine con la clandestinidad del ab**to y con ella, con nuestra ciudadanía de segunda.
Nos juntamos como feministas universitarias del conurbano por encima de los claustros, sin desconocerlos, pensando nuestras diferentes posiciones como afirmación de lo heterogéneo y no como obstáculos y jerarquías. Y no se trata solamente de pensarnos interclaustro en la práctica militante, sino de revisar también las tareas cotidianas que hacen a nuestra Universidad como instituciones educativas y productoras de conocimiento. Juntas y diversas. Feministas y conurbanas. Las que trabajamos y estudiamos en las universidades, pero también las feministas de los barrios que atraviesan, enriquecen y desbordan las universidades, que tejen con nosotras, con nosotres, política, sueños y vidas, que hacen a nuestras instituciones más vitales y porosas. Nuestros territorios son reales e inventados, históricos, presentes y futuros. Porque estamos situadas en realidades bien concretas, tramadas de luchas y memorias, pero también en el horizonte que ellas abren. Esto recién empieza porque vinimos a cambiarlo todo.